La cooperación entre Japón y Rusia en el sector del oil&gas es clave en la estrategia energética de Tokio y una ventana de oportunidad para Moscú. Sin embargo, el conflicto con Ucrania y la presión internacional sobre Moscú introdujo nuevos desafíos para este vínculo.

Antecedentes

Hace ya décadas que el país nipón depende de importaciones para cubrir buena parte de sus necesidades energéticas, dada la escasa (casi nula) producción doméstica. Según datos de 2021, Rusia aportó aproximadamente un 3,6 % del crudo y alrededor del 8,7 % del gas natural licuado (GNL) importado por Japón. Proyectos clave como Sakhalin‑2, en los que participan compañías japonesas, han sido centrales para esta colaboración energética, aprovechando la proximidad geográfica con la isla de Sajalín. Además, Japón ha firmado acuerdos con Rusia en ámbitos más allá de los hidrocarburos, como el hidrógeno, y el almacenamiento de GNL, en el marco del traslado hacia energías más limpias.

Cooperación reciente y factores geoeconómicos

Una de las notas que destaca esta cooperación es que Japón, mediante sus compañías e inversiones, se involucró en proyectos rusos como el Arctic LNG‑2, con una inversión estimada en torno a los 3.000 millones de dólares, según declaraciones del presidente ruso en 2017.
Esa relación era vista por Tokio como un mecanismo para diversificar sus proveedores energéticos, alejándose de la casi absoluta dependencia del Medio Oriente.
Sin embargo, esta interdependencia se ha tensado tras el conflicto en Ucrania. A pesar de formar parte del G7 y apoyar las sanciones a Rusia, Japón ha mantenido algunos vínculos con los proyectos rusos de energía, justificando que ello es importante para su seguridad energética.

Tensiones y cambio de rumbo

En los últimos años el escenario ha cambiado. Por ejemplo, en 2024 se reportó que Japón depende de Rusia para cerca del 9 % de su GNL, y que, frente al vencimiento de contratos, los compradores japoneses evaluaban no renovarlos.
Más recientemente, en octubre de 2025, el Scott Bessent, Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, declaró que espera que Japón deje de importar energía rusa, en una reunión con el ministro japonés de Finanzas. Tokio respondió que actuará según el principio básico de coordinación con los países del G7, aunque destacó que ciertas importaciones, como las de Sakhalin Blend, siguen siendo relevantes para su seguridad energética.
Además, en septiembre de 2025 Japón redujo el tope de precio para el crudo ruso a 47,60 USD por barril, alineándose con las sanciones del bloque europeo. No obstante, esta medida tiene un impacto limitado dada la proporción muy pequeña de crudo ruso en sus importaciones totales (0,1 % en el periodo enero-julio de ese año).

Implicaciones y dilemas

El dilema para Japón es claro: por un lado, su obligación como país aliado de las sanciones internacionales y su responsabilidad en materia de estabilidad geopolítica; por otro, la necesidad de garantizar una fuente fiable y relativamente cercana de energía, dada su debilidad en recursos propios.
La proximidad de Sajalín (varios días de navegación frente a otras fuentes) le da ventaja logística, pero las presiones políticas y el desgaste del yacimiento principal plantean incertidumbres.
Por otra parte, la diversificación de proveedores, por ejemplo con EE.UU., Australia o el esfuerzo de cooperación conjunta con Corea del Sur e Italia, muestra que Tokio busca reducir su exposición a Rusia.
Para Rusia, mantener la participación de compañías japonesas y sus contratos es relevante tanto para la financiación de sus proyectos de energía como para mantener relaciones con un país avanzado tecnológicamente y geográficamente cercano.

La cooperación energética Japón-Rusia ha recorrido un camino de persistente vinculación, pero ahora se encuentra en un punto de inflexión. Los compromisos geopolíticos, las sanciones y los vencimientos contractuales obligan a Tokio a replantear el equilibrio entre seguridad energética y alineamiento internacional. De aquí en adelante, la clave estará en saber hasta qué punto Japón puede o quiere mantener sus vínculos con Rusia sin desatender su posición como miembro del G7 y sin sacrificar su independencia energética.