
Oscar Dores *
En Argentina, el sistema eléctrico fue acompañando los vaivenes del termómetro socioeconómico. En ese contexto, el rol de la clase media siempre fue clave.
Argentina vivió hace poco más de 30 años una transformación del sector eléctrico que buscó resolver los problemas graves que arrastraba desde la década del ’80. Sin embargo, si miramos un poco más atrás, veremos una continua relación con la realidad socioeconómica que no deja de ser determinante.
En la primera mitad del siglo XX Argentina tuvo dos periodos de mucho crecimiento, seguidos de dos tropiezos que tuvieron más que ver con la situación económico-social mundial: Entre 1900 y 1913 y entre 1917 y 1929 el PBI creció un 6,4% anual.
Ya en los años ’50, y con otros dos incrementos sostenidos (un 3,7% anual en 1944-1951 y un 3,8% en 1951-1958), Argentina vivió un nuevo impulso. Como en otros lugares del mundo, la clase media era incipiente y muchas familias alcanzaron la posibilidad de cierto confort, el acceso al estudio y algunos beneficios laborales.
Por entonces, al sur de Sudamérica, la TV era casi un lujo de reciente nacimiento y en algunos pocos hogares pudientes y solidarios solía juntarse parte del barrio para ver la programación. Sin embargo, en cualquier momento, la falta de tensión podía dejar a los chicos (y grandes) sin su programa favorito.
Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires, SEGBA, fue creado en 1958, en principio, para intentar resolver ese problema, unificando el sistema de la Capital del país y su Conurbano, donde más se padecía esta falta de tensión, provocada por un mayor consumo eléctrico en hogares, fábricas y negocios. No es un dato menor que, entre 1940 y 1960, el país triplicó su producción eléctrica, yendo de 2550 GWh anuales, en 1940, a 7863 GWh, en 1960.
Durante los años ’60, la TV y los lavarropas se hicieron más accesibles y muchos hogares sumaron estos y otros electrodomésticos. A la par, comercios e industrias también incrementaron su consumo: lo que antes llevó 20 años, ahora necesitó de 15, ya que Argentina triplicó nuevamente su producción eléctrica entre 1960 y 1975. Mientras, el PBI creció un 170%. Yacyretá y Atucha fueron proyectos que surgieron para afrontar estas subas del consumo energético. Pero, los vaivenes socioeconómicos volvieron a influir en el crecimiento del país y del sector eléctrico. Entre el 1975 y 1992, el PBI cayó en ocho años, con hiperinflación en 1975, 1984-1985 y 1989-1990.
En esos años, el sector eléctrico padeció la salida de servicio de El Chocón y de Atucha y la baja hidraulicidad de Salto Grande. Esta situación, más el mal mantenimiento de las generadoras térmicas, desembocó en una crisis de abastecimiento y los tristemente recordados cortes programados en turnos de 5 horas para todos los hogares, comercios e industrias.
La transformación eléctrica
Como consecuencia de esta coyuntura, en 1992, llegó la gran transformación del sector eléctrico. Incluyendo la división en los tres segmentos de Generación, Transporte y Distribución, y la privatización parcial del sector de distribución: se conformó un sistema mixto, con distribuidoras privadas, públicas y cooperativas.
Esto dio un fuerte impulso a la demanda eléctrica, incrementándose un 60% sólo en la década del ’90. A la vez, se crearon generadoras que dieron fortaleza al sector y, con este esquema, se bajó de 44 dólares por MWh a poco más de 22, entre 1992 y 1998. En 2001, el estallido de una nueva crisis marcó un fuerte descenso del PBI para el año siguiente (-10,9%), y también del consumo eléctrico (-2,1%). El sistema que, antes utilizaba un fondo de estabilización nacional que equilibraba lo que se pagaba por tarifa, cayó en un déficit permanente, recibiendo por factura cada vez menos de lo que implicaba el costo de la energía. Esto, obviamente tuvo que ser compensado con subsidios generalizados, sucumbiendo en la paradoja de subsidiar la energía a barrios cerrados o hogares con piletas climatizadas. Aunque la crisis económica fue la más profunda en 100 años, no hubo un regreso a los cortes programados, pero en diferentes momentos de altas temperaturas, los gobiernos recurrieron a disminuir la demanda industrial para subsanar la saturación del sistema.
El consumo eléctrico: termómetro de lo social
Cada vez que el consumo eléctrico retrocedió, el PBI marcó un mayor retroceso. Y, por el contrario, cuando hubo un fuerte crecimiento del indicador económico de la producción del país, también lo experimentó la demanda eléctrica. Es decir, que uno y otro están relacionados y no solo desde el consumo doméstico, sino también desde la demanda comercial e industrial. Y allí es donde vemos que el sistema eléctrico es confort, pero también es motor y sostén de la producción de nuestro país.
Asimismo, en el plano social, la clase media es el principal impulsor de la movilidad social, porque es la que se esfuerza continuamente por progresar. Es la que tal vez puede gastar un poco más que el resto, pero que, sin embargo, vive de su trabajo y depende de sus ingresos para llegar a fin de mes. Por eso, también, la clase media es la que evita conflictos en una sociedad. Y eso está en riesgo. Como lo está el sistema eléctrico.
En materia eléctrica, debemos estar atentos a que es un servicio que es esencial y, sabiendo que el 33% por ciento de la población no tiene acceso a la red de gas natural, Argentina no puede permitirse tener una red eléctrica que no llegue a todos los ciudadanos con la calidad necesaria.
En nuestro país, se sucedieron problemas de generación y de distribución, cíclicamente, que se fueron resolviendo. Pero el problema de transporte nunca se resolvió completamente. Aunque hubo inversiones en Extra Alta Tensión y eso trajo un gran alivio al sistema, aún persisten ahogos en las redes regionales.
Al ser un servicio que requiere de inversiones de mediano y largo plazo, el sistema eléctrico tiene que ser renovado constantemente para fortalecerse y permitir el crecimiento y el progreso de la sociedad.
Esta particularidad nos impone el desafío de contar con gestión, planeamiento estratégico y una tarifa que logre el equilibrio entre lo que implica el costo de la energía y la sustentabilidad del sistema. Necesitábamos salir del laberinto de subsidios generalizados, pero también necesitamos que la energía llegue a cada rincón de nuestro país, porque ningún crecimiento serio excluye de sí a parte de la población: o se crece en conjunto, o no es crecimiento.
Hacia el futuro
A medida que pasa el tiempo, el mundo nos va convirtiendo cada vez más en seres electrodependientes. De la heladera, primer electrodoméstico, pasamos a la TV, al lavarropas, al Aire Acondicionado, a la infinidad de pequeños electrodomésticos, computadores, teléfonos celulares, portones eléctricos, servicio de Internet y, ahora, motos y hasta autos eléctricos. Para usar todo eso, tenemos que disponer de energía eléctrica. ¿Está Argentina preparada para recibir un nuevo impulso para la demanda eléctrica?
El sistema plenamente estatal no dio solución. Luego, el mercado tampoco terminó de dar solución. Lo genuino sería que el sistema eléctrico se pudiera sostener por sí mismo, sin perder el objetivo de resolver la necesidad de expansión del sistema.
Por eso, debemos invertir y formar recursos humanos en el sector eléctrico. Porque la diversidad en la matriz energética y el transporte, en particular, son vitales para tener un país integrado eléctricamente, y eso requiere esfuerzo económico y capacitación.
Con un sistema robusto y con las decisiones e inversiones adecuadas, el servicio puede volver a ser confiable, accesible y consolidarse como el recurso que favorece el crecimiento de nuestro país.
En resumen, si yo nací en el Gran Buenos Aires y, como a miles de chicos, me fue difícil ver televisión, y aún hoy, con varias crisis transitadas, nos es complejo integrar el país eléctricamente y dar una prestación eficiente a toda la sociedad, ¿no será que culturalmente nos cuesta considerar a los servicios públicos esenciales como promotores del progreso social?
*Director de Fundelec. Fuente de datos: INDEC,
Secretaría de Energía y CAMMESA.




