El acuerdo comercial anunciado entre Estados Unidos e India no es solo una cuestión de aranceles o diplomacia bilateral. En el fondo, toca uno de los nervios más sensibles del sistema energético global: el rol de Rusia como proveedor de petróleo y la forma en que los grandes importadores están empezando a reacomodarse alrededor del conflicto en Ucrania.

Donald Trump y Narendra Modi presentaron el entendimiento como un paquete amplio. Según la Casa Blanca, uno de los puntos clave es el compromiso indio de reducir —o directamente frenar— las compras de crudo ruso, a cambio de menores barreras para las exportaciones indias al mercado estadounidense. El mensaje político es claro, aunque su traducción al mercado real es bastante más compleja.

India no es un actor cualquiera. Es uno de los mayores importadores de petróleo del mundo y, desde 2022, se había convertido en el principal comprador marítimo de crudo ruso. La razón fue simple: descuentos muy agresivos sobre el Urals en un momento en que Moscú necesitaba colocar su producción a casi cualquier precio.

Ese esquema empezó a mostrar grietas. En diciembre de 2025, las importaciones indias de crudo ruso cayeron alrededor de un 22 % frente al mes anterior, hasta unos 1,38 millones de barriles diarios, el nivel más bajo en dos años. En paralelo, el petróleo de la OPEP volvió a ganar peso en la canasta india y alcanzó su mayor participación en casi un año. Rusia siguió siendo el principal proveedor individual, pero la distancia con Irak y Arabia Saudita se achicó de forma evidente.

Ahora bien, nadie en el mercado espera un corte limpio y rápido. Hay contratos firmados, compromisos logísticos y, sobre todo, una cuestión técnica: muchas refinerías indias están diseñadas para procesar crudos pesados y baratos. El petróleo ruso encaja casi a la perfección en ese perfil. Por eso, incluso con presión política, lo más probable es una transición lenta, no una ruptura.

Desde Washington, el acuerdo forma parte de una jugada más grande. Reducir los ingresos petroleros rusos —que siguen siendo una fuente clave de financiamiento— y, al mismo tiempo, ganar espacio para el crudo estadounidense en Asia. Algunas estimaciones apuntan a que Estados Unidos podría llegar a cubrir cerca del 10 % del suministro indio, aunque eso no necesariamente implique reemplazar directamente al Urals. En muchos casos, el ajuste vendría por el lado de crudos ligeros africanos.

El entendimiento también incluye un paquete más amplio de compras energéticas y no energéticas. Más petróleo y combustibles desde Estados Unidos, y la posibilidad de sumar crudo venezolano como parte de la estrategia india de diversificación. No es una apuesta ideológica, sino una lógica de riesgo: no depender demasiado de un solo proveedor en un mundo cada vez más inestable.

Aun así, el vínculo energético entre India y Rusia está lejos de desaparecer. Algunas refinadoras indias mantienen lazos profundos con activos rusos. Nayara Energy, participada por Rosneft, opera prácticamente solo con crudo ruso. Empresas estatales como ONGC, Oil India o Indian Oil Corp siguen teniendo participaciones en proyectos petroleros en Rusia, cuyos dividendos hoy están en gran parte atrapados por las restricciones financieras internacionales.

En ese marco, el acuerdo con Estados Unidos no marca un quiebre inmediato, sino un reacomodamiento. India gana margen de negociación y opciones de suministro, mientras intenta no dinamitar una relación que todavía le resulta conveniente. El resultado final no será una línea recta, sino una serie de movimientos graduales, con avances, retrocesos y bastante pragmatismo de por medio.