La caída del crudo tras el alto el fuego reconfigura el escenario energético global, pero en Argentina el impacto es desigual y gradual. Mientras el upstream ajusta expectativas y el downstream mantiene inercia en precios, la dependencia de fertilizantes importados introduce un canal adicional de presión sobre los costos agropecuarios y la inflación en los próximos meses.

Irán aceptó la propuesta de alto al fuego impulsada por Estados Unidos, resultado de gestiones diplomáticas encabezadas por China y Pakistán, según informó The New York Times. El acuerdo, de carácter transitorio y con una duración prevista de dos semanas, se alcanzó horas después de que el presidente Donald Trump amenazara con que “toda una civilización desaparecerá para no volver jamás” sino abren el estrecho de Ormuz.

En su rol de mediador, Pakistán instó a Washington a revisar su ultimátum y promovió una pausa en las hostilidades a cambio de que Irán habilitara la circulación segura por esa vía marítima durante el período acordado. De acuerdo con Associated Press, la diplomacia china mantuvo contactos con autoridades iraníes mientras se desarrollaban las negociaciones, canalizando su influencia a través de interlocutores como Turquía, Egipto y el propio Pakistán.

El Consejo de Seguridad Nacional de Irán confirmó el entendimiento y lo presentó como un resultado favorable a sus posiciones. Israel también adhirió al alto al fuego y suspendió sus operaciones durante el mismo lapso.

El precio internacional del crudo registró una caída inmediata tras el anuncio del cese al fuego, en un contexto de distensión geopolítica y retracción de la prima de riesgo en los mercados energéticos.

Antes del acuerdo, el crudo había escalado por encima de los US$ 110 e incluso alcanzado picos cercanos a US$ 140 por barril en el mercado spot; tras el anuncio del alto al fuego, el Brent retrocedió hacia la zona de US$ 90–95 dólares, con caídas superiores al 12–16%, según datos de Bloomberg.

Perspectivas

A pesar del Alto al fuego, el mercado energético internacional desconfía, por lo que se mantiene una fase de alta volatilidad, condicionada por las restricciones al tránsito de hidrocarburos a través del estrecho de Ormuz y sus efectos sobre la oferta global.

Según las últimas previsiones de la Energy Information Administration de los EE.UU. (EIA), la interrupción parcial de esta vía estratégica derivó en una rápida acumulación de inventarios en países exportadores del Golfo, forzando a Irak, Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Bahréin a suspender en conjunto unos 7,5 millones de barriles diarios en marzo, con una proyección de incremento hasta 9,1 millones en abril .

El escenario base contempla una normalización progresiva a partir de mayo, en la medida en que se restablezcan los flujos marítimos, lo que permitiría reducir las interrupciones a 6,7 MMb/d y converger hacia niveles previos al conflicto hacia fines de 2026. Sin embargo, la persistencia de incertidumbre geopolítica continúa incorporando una prima de riesgo significativa en los precios internacionales.

En este contexto, el crudo Brent promedió US$ 103 por barril en marzo y se prevé que alcance un máximo de US$ 115 durante el segundo trimestre de 2026, antes de iniciar una trayectoria descendente acompañando la recuperación de la oferta. Las proyecciones indican que el precio podría ubicarse por debajo de los US$ 90 hacia el cuarto trimestre y promediar US$ 76 en 2027, condicionado a la estabilización del escenario en Medio Oriente .

Las tensiones también ampliaron el diferencial entre el Brent y el WTI, que alcanzó los US$ 12 por barril en marzo y podría escalar hasta US$ 15 en abril, reflejando mayores costos logísticos y disrupciones en los flujos hacia los mercados asiáticos. Se espera que esta brecha se reduzca gradualmente a medida que se normalice el tránsito por Ormuz.

El impacto se extiende a los precios minoristas de combustibles en Estados Unidos, donde la gasolina podría alcanzar un pico cercano a US$ 4,30 por galón en abril, mientras que el diésel superaría los US$ 5,80, en un contexto de inventarios por debajo del promedio reciente.

En paralelo, la reducción de exportaciones de gas natural licuado desde la región tensionó el mercado global, ampliando la brecha entre el Henry Hub y los precios en Europa y Asia. Con las terminales estadounidenses operando cerca de su capacidad máxima —alrededor de 500 MMm3/d—, la posibilidad de incrementar la oferta es limitada, lo que contribuye a sostener los precios internacionales.

En conjunto, las proyecciones delinean un mercado aún condicionado por factores geopolíticos, donde la evolución del conflicto y la reapertura plena del estrecho de Ormuz serán determinantes para la dinámica de precios, producción y comercio energético en los próximos meses.

Por casa

En Argentina, el impacto del movimiento reciente del precio internacional del crudo es dual y asimétrico entre el upstream y el downstream.

Por un lado, la caída del precio internacional tras el alto el fuego —con el Brent retrocediendo hacia la zona de US$ 90 dólares luego de haber superado ampliamente los 100 durante la crisis— tiende a recortar el ingreso extraordinario que venía captando el sector productor. Durante la escalada, el país se había beneficiado por mejores términos de intercambio, mayor ingreso de divisas y ampliación del superávit energético, impulsado por Vaca Muerta. La baja reciente, en ese sentido, implica una moderación de esos beneficios, aunque sin revertir completamente el escenario favorable si los precios se mantienen en niveles relativamente altos.

En el downstream, en cambio, la dinámica es más lenta y está mediada por decisiones regulatorias y fiscales. Los aumentos previos —con subas de hasta 10–17% en combustibles y presión acumulada en surtidores — no se trasladan automáticamente a la baja cuando cae el precio internacional. Esto responde a varios factores: atraso relativo de precios internos, carga impositiva, necesidad de recomponer márgenes de refinación y comercialización, y el uso de los combustibles como variable de administración inflacionaria.

Además, dado que el petróleo explica aproximadamente el 40% del precio final en surtidor, las variaciones internacionales impactan, pero no de manera lineal ni inmediata. En consecuencia, el descenso reciente del crudo podría aliviar la presión sobre futuros aumentos, pero difícilmente se traduzca en una baja significativa en el corto plazo.

Potencial inflación

El daño a infraestructuras energéticas y petroquímicas en zonas clave introduce un factor adicional de tensión sobre el mercado global de fertilizantes. La producción de insumos como amoníaco, urea y otros nitrogenados depende de manera directa del suministro continuo de gas natural y de complejos industriales altamente integrados; cualquier interrupción en plantas, puertos o rutas logísticas reduce de forma inmediata la oferta disponible a nivel internacional.

La normalización de la producción depende del grado de daño en las plantas. Si se trata de interrupciones operativas sin daños estructurales, la recuperación puede demorar entre 2 y 6 semanas. En cambio, cuando hay plantas dañadas —especialmente en complejos de amoníaco y urea— los tiempos de reparación y puesta en marcha suelen extenderse entre 3 y 6 meses, e incluso más si persisten restricciones logísticas o energéticas.

Argentina combina una capacidad relevante en fertilizantes nitrogenados —apoyada en el gas natural y concentrada en la producción de urea— con una dependencia estructural en fosfatados y potásicos, prácticamente inexistentes a escala local. En términos agregados, el país cubre entre el 30% y el 50% de su demanda y se configura como importador neto, expuesto a la dinámica de precios internacionales y a la logística global de insumos agrícolas.

En este contexto, un encarecimiento externo de los fertilizantes se traslada de forma directa a los costos del agro y, con rezago, a los precios de los alimentos. Dado su peso en la estructura productiva —especialmente en maíz y trigo—, subas del 20% al 60% pueden elevar los costos entre 2 y 12 puntos porcentuales y erosionar márgenes. Ese impacto se proyecta luego sobre la inflación: de manera gradual y acumulativa, podría añadir entre 0,3 y 2,5 puntos al IPC en un horizonte de varios meses, consolidando una presión persistente más que un salto puntual.