Paolo Rocca envió al gobierno un mensaje directo: reclamó una política industrial que proteja a las manufacturas locales de la sobrecapacidad china y de prácticas comerciales que considera desleales. Estados Unidos, por su parte, presiona para contener la expansión económica de Beijing en la región y reclama a la Argentina que limite su dependencia del gigante asiático. Sin embargo, el gobierno de Javier Milei sostiene un alineamiento político explícito con Donald Trump mientras, en los hechos, habilita una apertura económica que facilita la penetración china: se multiplican las importaciones de bienes industriales, los proyectos mineros y energéticos con capitales de Beijing, y hasta llegan fábricas completas y flotas de colectivos producidas en tiempo récord. Así se configura una paradoja: un discurso geopolítico proestadounidense convive con una estructura económica que se vuelve cada vez más dependiente de China y con un empresariado nacional que reclama protección frente a esa misma competencia.
En las últimas décadas, Estados Unidos mostró un repliegue sostenido de su presencia estratégica en América Latina, desplazando su atención hacia otras prioridades globales. La competencia con China en el Indo-Pacífico, las tensiones con Rusia en Europa del Este y los desafíos internos —polarización política, crisis migratoria y caída de la producción industrial— consumieron gran parte de su energía diplomática, militar y económica.
Ese escenario bajó el nivel de interlocución política con América latina y con ello, el de cooperación en seguridad y financiamiento que caracterizó la relación desde la posguerra hasta los años noventa. Ese vaciamiento fue aprovechado por nuevos actores, con China a la cabeza, que ampliaron su influencia a través de créditos, infraestructura, inversión directa y comercio.
No obstante, Washington comenzó a ensayar una estrategia de retorno hacia América Latina, impulsada por el reconocimiento de que su repliegue abrió espacios a China y en menor medida a Rusia, en sectores críticos como energía, infraestructura, tecnología y recursos minerales.
Pero una rápida mirada sobre las formas diplomáticas de la Unión, revela que si bien busca recomponer vínculos lo hace con las mismas fórmulas del pasado: financiamiento selectivo, relanzamiento de acuerdos de cooperación, incentivos para relocalizar cadenas de suministro y una diplomacia más activa en foros regionales. La región vuelve a aparecer como un componente clave de la seguridad económica y geopolítica de Estados Unidos, tanto por su proximidad territorial como por su peso en la provisión de minerales estratégicos, alimentos y energía.
Los indicios sugieren que este intento de recuperación, sin embargo, no se articula como un regreso al viejo modelo de influencia unilateral, sino como una competencia por aliados en un entorno mucho más plural. Estados Unidos procura mostrarse como socio confiable, ofreciendo estabilidad institucional, inversiones con estándares ambientales y laborales más altos, y cooperación tecnológica.
Aun así, las naciones latinoamericanas se mueven con pragmatismo: aceptan el renovado interés de Washington, pero sin renunciar a la diversificación que han construido en las últimas décadas. Para que la recuperación sea duradera, Estados Unidos deberá sostener una presencia constante y ofrecer beneficios concretos, evitando las oscilaciones que caracterizaron su política hacia la región en el pasado reciente.
Contradicción
El avance de China sobre la economía argentina se acelera incluso mientras Milei reafirma su alineamiento con Washington. Las cifras muestran una realidad difícil de disimular: las importaciones desde el gigante asiático crecieron 66% en un año y ya representan casi una cuarta parte de todo lo que compra Argentina al exterior. Fábricas completas desembarcan en puertos locales y conglomerados chinos amplían su presencia en minería y energía, aprovechando precios con los que la industria nacional no puede competir.
Mientras en Washington intentan frenar la expansión asiática, la diplomacia y el capital chino se mueven con precisión quirúrgica. Shandong —la segunda provincia más poblada del país— afianza negocios en minería y tecnología, y multiplica contactos con empresas locales. El contraste es evidente: mientras Estados Unidos ofrece alineamientos políticos -e impone aranceles para protección de su industria- China despliega inversiones, financiamiento y bienes tres veces más baratos.
En este contexto, la Argentina navega una paradoja cada vez más marcada: un discurso oficial volcado hacia Trump y un aparato productivo que se desindustrializa en los hechos y se vuelve más dependiente del músculo económico de Beijing.
En este nuevo escenario, los Estados Unidos vuelven a mirar hacia los recursos naturales latinoamericanos como activos estratégicos para su seguridad energética y tecnológica. El petróleo, en particular, recupera centralidad por la necesidad de garantizar suministros estables en un entorno global volátil y marcado por conflictos en Medio Oriente y tensiones con Rusia. Países como Brasil, Guyana, Argentina y Venezuela —cada uno con realidades políticas diferentes— se vuelven piezas clave de un mapa donde Washington busca asegurar inversiones, contratos de explotación y cadenas de transporte confiables. A esto se suma el interés por minerales críticos —litio, cobre, níquel— indispensables para la transición energética y la manufactura de tecnologías avanzadas, lo que convierte a la región en un espacio que Estados Unidos ya no puede permitirse ignorar.
Vale recordar que la retirada de Petronas del proyecto de GNL con YPF según la versión oficial, se debió a la modificación arbitraria por parte del Estado de la locación del proyecto, pero resulta difícil ignorar que, en un sector donde la energía se entrelaza con el poder global, las decisiones de esta magnitud surjan de una mezquina interna política .
La posibilidad de que parte del gas argentino terminara abasteciendo a China introduce un elemento geopolítico sensible: no sería extraño que el Departamento de >E<stado ejerciera presiones discretas para evitar el surgimiento de un nuevo proveedor fuera de su órbita de influencia.
Ante esta renovada atención, los gobiernos de América del Sur adoptan posiciones diversas, guiadas por una mezcla de pragmatismo económico y cálculo político. Algunas administraciones buscan un alineamiento explícito con Washington, esperando atraer capitales y obtener respaldo financiero en un contexto de fragilidad macroeconómica; otras procuran equilibrar su relación con Estados Unidos sin romper los lazos construidos con China, que sigue siendo un socio comercial determinante. El resultado es un tablero heterogéneo, donde las alineaciones no responden a ideologías rígidas sino a oportunidades concretas: acceso a inversiones, financiamiento de infraestructura, ventajas en el comercio energético y, en el caso del petróleo, la posibilidad de convertirse en proveedores estratégicos para un mercado que vuelve a disputarse con intensidad.
Expansión
La gravitación de China en la economía argentina no deja de expandirse, aun frente a las promesas de Milei a la administración Trump. Mientras el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, intenta frenar el avance del gigante asiático, la presencia china se afirma con una combinación de precios inalcanzables y una oferta industrial difícil de igualar.
Un ejemplo ilustra la tendencia: llegaron a la Patagonia los caños sin costura fabricados en China para el gasoducto que se construirá en Río Negro. Su valor es tres veces menor que el de los tubos producidos por Techint, razón suficiente para explicar la creciente irritación de Paolo Rocca.
Las cifras confirman el fenómeno. En los primeros nueve meses de 2025, la Argentina importó bienes chinos por más de US$ 13.091 millones, un incremento del 66% respecto del mismo período del año previo. En paralelo, China ya provee más de una quinta parte de todas las compras externas del país: entre enero y septiembre de 2025 aportó el 23% del total importado, de acuerdo con datos de la Cancillería argentina.
El intercambio bilateral, sin embargo, es profundamente asimétrico. En esos nueve meses, el déficit comercial con China ascendió a US$ 6.572 millones.
Hubo incluso episodios que pasaron casi inadvertidos. Un día después del anuncio del nuevo marco de cooperación entre Estados Unidos y la Argentina, se realizó en un hotel de lujo de Puerto Madero la “Conferencia de Intercambio Económico y Comercial Argentina–Shandong”. Con 102 millones de habitantes, Shandong es la segunda provincia más poblada de China y acumula proyectos de peso en el país desde hace años. En 2017, Shandong Gold Group adquirió el 50% del proyecto Veladero en San Juan; y hace apenas dos semanas obtuvo la adjudicación de las áreas Del Carmen y Jaguelito en la misma provincia, gobernada por Marcelo Orrego. A la reunión asistieron el vicegobernador Zhang Haibo, representantes de laboratorios locales y directivos de empresas del sector cerealero y del agronegocio.
La penetración industrial china también se percibe en la escala menor. En Sauce Viejo, Santa Fe, una empresa alimenticia decidió importar cinco contenedores que contenían una fábrica íntegra, prefabricada y ensamblada en China. Solo tuvieron que descargarla y desplegarla: un centro de distribución listo, sin obra húmeda, sin intervención gremial y sin demoras, un auténtico origami industrial procedente de Guangdong.
Cifras
Durante los primeros dos años del gobierno de Javier Milei, la evolución de la industria argentina exhibió un deterioro profundo y persistente, tal como muestran diversos indicadores públicos y privados. Según el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), la actividad industrial promedió en 2024 una contracción del 8,8 % respecto del año previo, mientras que el Índice de Producción Industrial Manufacturero (IPI) del INDEC cerró ese mismo año con una caída del 9,4 % respecto de 2023, de acuerdo con un análisis publicado por Chequeado. La trayectoria mensual confirma esta dinámica: en junio de 2024 la baja interanual fue del 20,1 % y en julio alcanzó el 5,4 %, según los informes del INDEC.
El retroceso continuó en 2025. CEPA registró que, hasta junio de ese año, la producción industrial desestacionalizada descendió 1,2 % en el mes, lo que se traduce en una merma del 6,6 % frente al promedio de 2023 y del 9,1 % respecto del mismo mes del año anterior. En paralelo, la utilización de la capacidad instalada se ubicó en 58,8 % en junio de 2025, un nivel 14,3 puntos por debajo del observado en junio de 2023, lo que revela una contracción significativa del ritmo productivo. El impacto sobre el empleo también fue notorio: entre noviembre de 2023 y mayo de 2025 se perdieron 39.016 puestos de trabajo registrados en establecimientos industriales, equivalentes a una reducción del 3,2 %, según CEPA. A ello se suma el cierre de 879 empresas fabriles entre noviembre de 2023 y agosto de 2024.
Este retroceso golpea a un sector que históricamente aporta una porción relevante del valor agregado nacional. Por eso, distintos estudios —entre ellos un informe del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPPYP)— han caracterizado este proceso como un verdadero “industricidio”, señalando la combinación de caída productiva, desplome del uso de capacidad, destrucción de empleo y desaparición de empresas.
En conjunto, los datos describen una contracción severa del aparato manufacturero durante los primeros dos años de la administración Milei. El ajuste afecta simultáneamente producción, empleo y estructura empresarial, con consecuencias que trascienden la coyuntura y comprometen la capacidad futura de recuperación. Aunque algunos meses muestran leves mejoras puntuales, la tendencia predominante es de descenso acumulado y persistente.
Datos de empleo
Entre diciembre de 2023 y agosto de 2025 la cantidad de empresas con personal registrado en el país cayó de 512.357 a 493.193. Esto implica el cierre de 19.164 firmas formales. La contracción afectó especialmente a micro y pequeñas empresas, que son las más sensibles a caídas de actividad y aumentos de costos operativos.
Dentro del universo productivo, el sector manufacturero mostró un deterioro más profundo. Según relevamientos del IPyPP, entre diciembre de 2023 y mayo de 2025 dejaron de operar 1.624 empresas industriales. El fenómeno se explica por la fuerte caída del mercado interno en 2024, el encarecimiento del crédito y la reducción de ventas que afectó a ramas como metalmecánica, textil, calzado y manufacturas de plástico.
El empleo formal también se redujo de forma marcada. A nivel agregado, entre diciembre de 2023 y agosto de 2025 se perdieron 276.624 puestos registrados, una caída del 2,81 por ciento. En la industria manufacturera, el retroceso fue particularmente intenso: el sector dejó de emplear 55.941 trabajadores registrados en ese mismo período. Esta contracción acompañó la caída del índice de producción manufacturera en 2024 y la recuperación parcial e inestable vista en 2025.
Casa y buses chinos
Un episodio reciente expone hasta qué punto la oferta china penetra incluso en sectores históricamente ligados a proveedores occidentales: Metropol, uno de los gigantes del transporte urbano —responsable del 20% de los colectivos del área metropolitana— acaba de adquirir 150 unidades fabricadas en China por un monto de US$ 45 millones de dólares. La empresa viajó hasta Xiamen para ver la flota terminada y se encontró con una producción relámpago: los buses estuvieron listos en apenas 16 días hábiles, un ritmo imposible de igualar por la industria tradicional.
Las unidades, impulsadas a GNC para cumplir con las nuevas exigencias ambientales de la Ciudad, prometen un impacto significativo: reducen hasta 25% las emisiones de CO₂ por kilómetro y permiten operaciones más silenciosas. En conjunto, los 150 vehículos equivalen a reemplazar 1.500 colectivos diésel, disminuyendo además la dependencia del gasoil importado. Incorporan sensores inteligentes y sistemas de mantenimiento predictivo que elevan la seguridad y la eficiencia del servicio.
La operación coincide, en un timing sugestivo, con la inminente firma del acuerdo comercial con Estados Unidos, que incluye restricciones explícitas al comercio con China. Sin embargo, en los hechos, la compra se concretó sin obstáculos. Los colectivos fueron fabricados por King Long, uno de los mayores productores de buses a nivel mundial, con una capacidad de cerca de 70 unidades diarias. Está previsto que lleguen al país entre diciembre y enero.
Según Reporte Inmobiliario, en los últimos meses se incrementó el flujo de “casas cápsula” chinas: viviendas modulares que arriban prácticamente terminadas, listas para instalar, como una versión residencial de un mueble premium de Ikea. Enchufar, nivelar y habitar. Una tendencia que también se expande en el turismo: en Salta y Catamarca ya surgieron emprendimientos que optan por cabañas-contenedor importadas. Para los empresarios, la ecuación es irrefutable: menos obra, menos tiempo, menos costo. “¿Quién las va a comprar si los carpinteros, herreros y arquitectos locales se quedan sin trabajo?” se preguntó un monotributista de Remax
La preocupación empresarial es explícita. “Aún con trabajo esclavo y sin pagar impuestos, no podemos competir con China; su productividad y su escala son inalcanzables. No tenemos forma de llegar a esa curva de aprendizaje”, admitió el dueño de una autopartista durante la conferencia de la UIA.
Mientras tanto, el ministro de Economía, Luis Caputo, mantiene abierta la posibilidad de reactivar el swap con China para afrontar vencimientos de deuda, una señal más de la relevancia creciente del vínculo. Paradójicamente, todo esto ocurre mientras el ecosistema digital libertario sostiene el relato de una Argentina emancipada del “dominio chino”, una construcción típica de esta era de posverdad.
¿Y el acero?
Durante la Conferencia Anual de la UIA, Paolo Rocca reclamó una política industrial activa y cuestionó la idea de que la estabilidad macroeconómica sea suficiente para atraer inversiones. Afirmó que el ciclo de globalización posterior a la caída del Muro de Berlín quedó atrás y que hoy predomina un retorno del intervencionismo estatal en las principales potencias. “Todos intervienen”, resumió, para luego preguntar: “Si ellos intervienen, ¿por qué Argentina debería desentenderse?”
Rocca instó al Gobierno a impulsar una política industrial: “La política monetaria, por sí sola, no alcanza” dijo durante su intervención en la Conferencia Anual de la Unión Industrial Argentina, Paolo Rocca fue contundente. El auditorio lo escuchó con atención absoluta, tomó apuntes y al final lo despidió con una ovación.
El líder del grupo Techint no eludió definiciones: reclamó una política industrial activa, pidió una mayor presencia del Estado en la economía y cuestionó la idea de que un “orden macroeconómico” estable sea suficiente para impulsar un proyecto nacional. Con una frase que sintetizó su planteo, afirmó: “La política monetaria no basta, aunque sin ella tampoco es posible avanzar”.
Sus palabras impactaron directamente en el núcleo del discurso oficial, que desde hace un año sostiene que la estabilidad macro atrae inversiones por sí misma. Rocca, sin embargo, puso el foco en otro eje.
Durante casi treinta minutos describió un escenario global en transformación. Con estadísticas, referencias históricas y un tono didáctico, sostuvo que el ciclo abierto tras la caída del Muro de Berlín —marcado por la globalización, el liderazgo estadounidense y el auge del libre comercio— quedó atrás. “Ese mundo ya no va a volver”, deslizó, con un matiz de desasosiego.
Detalló cómo China concentró el 34% de la producción manufacturera mundial, desplazando a las economías occidentales, y repasó su avance militar en el Mar del Sur, la apuesta tecnológica de Made in China 2025 y la expansión geopolítica de la Franja y la Ruta.
Para Rocca, el rasgo dominante del momento es el regreso del intervencionismo estatal en las principales economías desarrolladas: Estados Unidos, Europa, Canadá y México recurren a aranceles, subsidios selectivos, sanciones y cupos. “Todos intervienen”, resumió, antes de dejar una pregunta retórica que resonó en la sala: “Si ellos intervienen, ¿por qué Argentina debería desentenderse?”
El empresario también cuestionó el énfasis oficial en el perfil agroenergético. “La energía, la minería, el litio… no alcanzan para un país como Argentina”, advirtió. Comparó exportaciones per cápita: Argentina ronda los US$ 1.000; China, US$ 4.000; Canadá y Australia, US$ 10.000. “El país necesita una base industrial sólida. Los recursos naturales no son suficientes.”
Rocca fue más allá y pidió lo que el Gobierno ha evitado desde el comienzo de su gestión: diálogo con sectores productivos, definición de cadenas estratégicas, mecanismos de protección frente a la sobrecapacidad china y políticas de transición para ramas amenazadas. “La apertura inteligente requiere política industrial”, remarcó. “Hay actividades sin importancia estratégica, pero otras requieren apoyo sostenido, competitividad y defensa frente a prácticas desleales.”
Sobre las reformas estructurales, mostró coincidencias generales con la orientación oficial, aunque con matices. Señaló que la competitividad depende de múltiples factores y que no todos pueden abordarse simultáneamente. Reclamó un entorno macro estable, instituciones más sólidas y una menor presión tributaria.
Subrayó además la necesidad de reducir la informalidad. “Una industria informal no puede crecer ni exportar ni incorporar tecnología.” Recordó que existen 122.000 juicios laborales en trámite y planteó que cualquier reforma debería apuntar a bajar la litigiosidad, fomentar la formalización y elevar la productividad. También defendió incentivos a la inversión, una carga impositiva menor para utilidades reinvertidas y la eliminación de retenciones para la industria.
Un pasaje inesperado fue su referencia al sistema educativo: “La educación debería volver a la órbita nacional”, afirmó. Sostuvo que la descentralización de los años noventa fragmentó el sistema. “Algo no está funcionando como debería.”
Hacia el final, Rocca aclaró que no hay recetas simples ni modelos extranjeros aplicables en forma directa. “Argentina no es Australia ni Chile. Es un país con otra escala y con desafíos distintos.”
Su exposición terminó en medio de un aplauso generalizado, el más intenso de toda la conferencia. Uno de los empresarios presentes lo resumió con ironía: “Rocca pidió Estado, pidió intervención, pidió política industrial. Justo lo que en la Casa Rosada consideran ideas del pasado.”




