Para los que peinamos canas, décadas atrás, un conflicto serio en Medio Oriente —o una amenaza real al paso por vías como el estrecho de Ormuz o el canal de Suez— hacía subir escandalosamente el precio del crudo. Años atrás, la mayor parte de la producción mundial cruzaba por esos estrechos con poco sustituto inmediato, y los mercados temían una contracción física de oferta: menos barriles disponibles elevan la escasez y por ende, el precio.
Esa relación tradicional entre riesgo político y precio se basaba en una combinación de alta dependencia de exportadores específicos y menor elasticidad de oferta y demanda.
Hoy esa “sensibilidad” está mucho más atenuada porque el mercado global es más diversificado y flexible —con producción creciente fuera de Oriente Medio (especialmente en Estados Unidos que pasó al autoabastecimiento al igual que Brasil, Argentina y otros), mayores reservas estratégicas, inventarios elevados y corredores alternativos—.
Además, los mercados financieros incorporan primas de riesgo de forma más sofisticada y suelen reaccionar primero a hechos concretos (como una interrupción real del flujo) que a amenazas políticas o bombardeos aislados. Mientras el petróleo siga transitando y los suministros no se corten de forma prolongada, un ataque o conflicto puntual suele reflejarse en movimientos más moderados de precios, porque la oferta física no se ha visto realmente reducida.
Un mapa multipolar
Desde una perspectiva realista, el ascenso de China constituye el principal desafío geopolítico para EE.UU. Rusia actúa como potencia con capacidad disruptiva global, —ocupada con su guerra en Ucrania— e India emerge como polo autónomo en el Indo-Pacífico.
A esto se suma un mayor presencia china en África (infraestructura, minería, puertos, deuda), el retorno ruso a África vía seguridad, energía y cooperación militar a la que se suma la erosión relativa de la influencia europea.
En el nuevo mundo multipolar, Estados Unidos enfrenta el desafío de mantener su primacía estratégica frente al ascenso de potencias como China , Rusia y la emergente India.
En este marco, Washington prioriza el Indo-Pacífico, pero al mismo tiempo necesita asegurar su retaguardia estratégica. Por eso se repliega sobre el hemisferio americano: cabe recordar que históricamente, EE.UU. consideró el hemisferio occidental como su espacio estratégico primario, plasmado en la Doctrina Monroe de 1823.
Cuando enfrenta competencia sistémica, tiende a reforzar el control indirecto de su entorno inmediato.
Para los EE.UU. las claves son sostener la centralidad del dólar ante intentos de diversificación monetaria, preservar alianzas tradicionales (OTAN, Japón, Corea del Sur), evitar la sobreextensión militar en múltiples teatros simultáneos (Indo-Pacífico, Europa del Este, Medio Oriente), y al mismo tiempo lidiar con polarización interna, fatiga de intervenciones externas y presión fiscal por altos niveles de deuda.
Todo ello en un sistema internacional más fragmentado, donde actores regionales medianos como Turquía, Brasil, Irán o Arabia Saudita) ejercen un mayor margen de maniobra y complejizan la capacidad de Washington para imponer reglas de manera unilateral.
Qué es el petrodólar y por qué importa
Desde la década del 70, la inmensa mayoría de los contratos de comercio internacional de petróleo se denomina en dólares estadounidenses lo que obliga a los países importadores a procurarse esa divisa para saldar sus transacciones energéticas.
Esta demanda estructural de dólares no solo consolida su condición de principal moneda de reserva global, sino que además otorga a Estados Unidos una ventaja financiera significativa, al facilitar el financiamiento de sus déficits y la emisión de deuda a costos relativamente más bajos. Esta estructura se llamó sistema del petrodólar y es vista por muchos analistas como una ventaja económica y una herramienta de proyección geopolítica para Estados Unidos.
El interés estratégico es mantener el comercio mundial de petróleo en dólares, preservando así la primacía de la divisa estadounidense en los mercados energéticos globales y las ventajas estructurales que ello conlleva, uno de los factores que explican las acciones de los EE.UU.
Más allá del discurso público que enfatiza la supuesta peligrosidad de los regímenes no alineados con Washington —por cuestiones de derechos humanos, enriquecimiento de uranio, financiamiento de grupos considerados terroristas u otras conductas reprochadas—, las acciones de Estados Unidos contra países petroleros como Venezuela e Irán responden a objetivos geopolíticos de mayor alcance; en ese contexto, las sanciones y posteriores ataques contra Irán, incluidas las medidas dirigidas a su sector energético, han sido justificados oficialmente por preocupaciones relativas a su programa nuclear, su apoyo a organizaciones catalogadas como terroristas, la situación de los derechos humanos y la estabilidad regional, fundamentos que se integran en una estrategia más amplia de proyección de poder e influencia en áreas energéticas y estratégicas clave.
No obstante, que Irán haya explorado mecanismos alternativos al dólar para cobrar por petróleo ha sido un punto de inflexión para los EE.UU., aunque no sea el único motivo de acciones militares.
Venezuela intentó vender petróleo en otras monedas diferentes del dólar (por ejemplo en yuanes) o crear mecanismos alternativos para el comercio energético, lo cual podría socavar el papel del dólar en el comercio petrolero global.
Si bien Washington quiere evitar que grandes cantidades de petróleo se vendan fuera del sistema dólar, es posible que intervenciones, sanciones o presiones militares y económicas persigan ese objetivo en parte.
Es preciso recordar también que hay un paralelo histórico entre la expropiación y nacionalización de las concesiones petroleras en Venezuela y en Irán —aunque las circunstancias políticas e internacionales de cada proceso fueron distintas— que respondieron al deseo de recuperar el control soberano sobre recursos que estaban dominados por empresas británicas y norteamericanas que explotaban el crudo desde principios del siglo XX.
En Irán, la nacionalización bajo Mohammed Mossadegh en 1951 buscó terminar con décadas de control británico y occidental sobre su petróleo. Ello condujo a un choque político interno y a un posterior golpe llevado adelante por el MI6 y la recién nacida CIA. Como corolario, los iraníes formaron la National Iranian Oil Company con control estatal pleno hacia la década de 1970.
En Venezuela, la nacionalización culminó oficialmente en 1976 con la creación de PDVSA, sustituyendo gradualmente a las multinacionales que hasta entonces operaban bajo concesiones y acuerdos de participación que privilegiaban a capitales extranjeros. En ambos casos, la industria petrolera pasó de concesiones dominadas externamente a propiedad y control estatal con el fin de capturar la renta diferencial de un recurso estratégico.
Saddam Hussein, en el marco del programa “Petróleo por Alimentos” de la United Nations, Irak firmó acuerdos preliminares con compañías europeas —entre ellas la francesa Total y la alemana Wintershall— para desarrollar grandes yacimientos como Majnoon y Nahr Umar una vez que se levantaran las sanciones internacionales. En el año 2000 Irak anunció que vendería su petróleo bajo el programa “Petróleo por Alimentos” en euros en lugar de dólares, y algunos observadores sostienen que el cambio del signo monetario fue la verdadera causa de la invasión.
Otros objetivos
El petrodólar no es la única explicación ni es reconocida oficialmente como causa principal de acciones militares o sanciones. Muchos expertos señalan que el asunto responde a una política compleja: motivos económicos y geopolíticos, cuestiones de seguridad regional y por supuesto, las rivalidades con China y Rusia.
El ataque a Irán no sólo tiene como objetivo frenar la salida de Irán de la zona dólar, sino que también busca —de mínima interrumpir— la iniciativa china del Cinturón y la Ruta (Belt and Road Initiative, BRI). Las razones dadas públicamente por Washington —como detener programas nucleares, amenazas a aliados regionales o presionar por cambios internos en Irán— no mencionan explícitamente a China como objetivo teleológico.
Lo que señalan los analistas y medios especializados norteamericanos es que la inestabilidad en Irán afecta directamente los proyectos e inversiones chinas, porque Irán es un nodo geopolítico y energético relevante para la BRI; la guerra complica la seguridad de infraestructura, rutas y energía vinculadas a China.
La respuesta oficial de China a los ataques norteamericanos a Irán, ha sido condenar los ataques y pedir el cese de hostilidades, evidenciando preocupación por la estabilidad regional y su impacto en sus intereses, pero sin entrar en conflicto militar con EEUU.
Paradojas energéticas
Si el Estrecho de Ormuz se cerrara de manera efectiva, el impacto relativo recaería con mayor severidad sobre China que sobre Estados Unidos. La economía china importa más del setenta por ciento del petróleo que consume, y una proporción sustancial de ese volumen procede del Golfo Pérsico —Arabia Saudita, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Kuwait—, cuyo tránsito depende en gran medida de esa angosta vía marítima; en contraste, Estados Unidos, disfruta del autoabastecimiento y es uno de los mayores productores mundiales de hidrocarburos, por lo que presenta una baja exposición a esa ruta.
Para Pekín, la vulnerabilidad no es meramente coyuntural sino estructural: si antaño se hablaba del “dilema de Malaca” para describir su dependencia del Estrecho homónimo, Ormuz constituye un punto aún más sensible en términos energéticos. Un cierre provocaría un shock global de precios que afectaría a todos, pero generaría para Asia —y en particular para China— un problema físico de abastecimiento, presiones inflacionarias adicionales y riesgos concretos para su crecimiento industrial. En términos absolutos, el encarecimiento del crudo sería universal; en términos relativos, sin embargo, la economía china soportaría una carga mayor por su dependencia del petróleo importado del Golfo, mientras que Estados Unidos enfrentaría inflación energética, aunque no una crisis inmediata de suministro.
Con todo, el propio carácter extremo de esa medida explica su baja probabilidad: Irán exporta su petróleo a través del mismo estrecho y un cierre efectivo equivaldría a un acto de guerra abierta contra múltiples potencias, entre ellas China, su principal comprador, además de India, Japón y la Unión Europea. Se configura así una paradoja estratégica: Estados Unidos garantiza militarmente la seguridad del Golfo, China depende económicamente de esa estabilidad, e Irán, aun siendo socio energético de Pekín, podría perjudicarlo gravemente si optara por la escalada. Precisamente porque el costo sería devastador para todos los actores involucrados, el cierre de Ormuz solo parece concebible en un escenario de confrontación total en el que ya no quedará nada que preservar.
El conflicto puede tener efectos indirectos sobre la economía global, mercados energéticos y relaciones estratégicas, lo que a su vez puede repercutir en la capacidad de compañías e inversiones chinas en la región, pero esto es más una consecuencia de la guerra que una motivación declarada de Washington. la desestabilización de un socio importante de China puede tener repercusiones indirectas en sus proyectos de infraestructura e influencias regionales.
¿El dólar es el talón de Aquiles de los EE.UU.?
El dólar constituye todavía la piedra angular del poder económico de los EE.UU. Es, ante todo, la expresión monetaria de un sistema financiero vasto, cuyo corazón late en el mercado de bonos del Tesoro. Según los datos del Currency Composition of Official Foreign Exchange Reserves (COFER) del Fondo Monetario Internacional, en el tercer trimestre de 2025, el dólar representa alrededor del 56,9 % de las reservas globales declaradas.
Esa fortaleza, sin embargo, no es invulnerable. El llamado “privilegio exorbitante” —la posibilidad de financiar déficits fiscales y externos en la propia moneda— tiene su contracara. Mientras el resto del mundo desee acumular dólares, los desequilibrios gemelos pueden sostenerse; si la confianza se erosionara, el costo de financiamiento aumentaría con rapidez.
Los EE.UU. utilizan cada vez más al sistema financiero como instrumento de política exterior: sanciones, restricciones y control de flujos financiero, lo que incentivan a algunos Estados a diversificar riesgos. No implica un abandono súbito del dólar, pero sí una reducción gradual de exposición allí donde resulte posible.
Suele plantearse si China podría abandonar el dólar y precipitar un colapso estadounidense. La hipótesis, aunque sugestiva, no parece que se realice en el corto plazo. China puede —y de hecho lo hace— ampliar el uso del Yuan en determinados corredores comerciales y acuerdos bilaterales. Pero “abandonar” el dólar de manera abrupta no parece ser una opción sin altos costos.
Para movilizar billones de dólares se requieren activos sustitutos comparables en liquidez, profundidad y seguridad. Hoy no existe un reemplazo único de tales características. El Yuan, aunque en ascenso, representaba apenas alrededor del 1,93 % de las reservas globales en el tercer trimestre de 2025, según el mismo COFER. En el sistema de pagos internacionales medido por SWIFT, su participación oscila en 2025 entre el 2,7 % y el 3,2 % en distintos meses. Se trata de avances significativos en términos políticos, pero todavía modestos en términos sistémicos.
Una liquidación masiva de bonos del Tesoro por parte de China tampoco sería un arma sin retroceso. El resultado más probable no sólo produciría el derrumbe del dólar por decisión china, sino una diversificación progresiva: mayor uso del Yuan y de otras monedas locales en ciertos circuitos, junto con una recomposición marginal de reservas en un mundo más diversificado.
¿Y la moneda de los Brics?
La idea de una moneda común capaz de desafiar seriamente al dólar en el corto o mediano plazo parece, por ahora, improbable. Lo que sí resulta verosímil —y ya forma parte de su agenda— es la expansión de liquidaciones en monedas locales, el fortalecimiento de infraestructuras de pagos y corresponsalías entre miembros, y el desarrollo de mecanismos transfronterizos menos dependientes del circuito dólar.
La creación de una moneda común, en cambio, exigiría condiciones institucionales de gran envergadura: una política monetaria creíble y compartida, coordinación fiscal sostenida, integración financiera profunda y disciplina macroeconómica convergente.
Tales prerrequisitos, que en Europa demandaron décadas de construcción política antes de dar lugar al euro, hoy no existen en el seno de los BRICS.





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