Cuando Ali Moshiri llegó por primera vez a la Argentina, hace más de una década, lo hizo al frente de Chevron para América Latina. Fue el ejecutivo que, junto con Miguel Galuccio, habilitó el primer movimiento que permitió reducir el riesgo del shale neuquino y abrir la puerta a la etapa industrial de Vaca Muerta.
Ese acuerdo marcó un antes y un después en la percepción internacional sobre el potencial argentino.
Hoy, Moshiri vuelve al país en un contexto distinto y con un objetivo diferente. Ya no se trata de validar un recurso no convencional, sino de recuperar valor en campos maduros del sur.
Su regreso se materializa a través de una sociedad con Roch, Luft Energía y el fondo estadounidense Explorador para operar tres áreas convencionales en Santa Cruz: Cañadón Yatel, El Guadal–Lomas del Cuy y Cerro Piedra–Cerro Guadal Norte, que YPF devolvió a Fomicruz el año pasado.
La producción combinada ronda los 6.000 barriles diarios. Son activos con altos costos, fuerte declinación y un corte de agua significativo. Sin embargo, para Moshiri representan una oportunidad de reposicionar el convencional bajo un esquema operativo más flexible y con técnicas de recuperación mejorada.
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Su objetivo es claro: construir una plataforma que pueda escalar hasta los 50.000 barriles diarios y consolidar un jugador independiente en el segmento.
El regreso de Moshiri no se explica solo por los precios internacionales del crudo. También tiene que ver con quién lo acompaña. La alianza con Doris Capurro, ex vicepresidenta de YPF y fundadora de Luft Energía, aporta conocimiento institucional, lectura territorial y capacidad de estructurar proyectos en un sector donde la gobernanza provincial es determinante.
Capurro sintetiza el puente entre la experiencia internacional de Moshiri y la dinámica regulatoria y política de la Patagonia.
El esquema operativo estará liderado por Roch, una compañía con trayectoria en campos maduros y en recuperación secundaria. La estrategia apunta a optimizar costos, reducir agua producida y estabilizar la curva de declinación.
Para que el modelo sea sostenible, los socios consideran clave que Santa Cruz mantenga —y eventualmente reduzca— las regalías, un incentivo que podría definir la rentabilidad de los proyectos.
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Mientras tanto, Moshiri continúa activo en otros mercados. En Venezuela, donde sostuvo la operación de Chevron incluso en los momentos de mayor retracción del sector, adquirió activos de Sinopec y planea inversiones por 2.000 millones de dólares para alcanzar los 200.000 barriles diarios.
Su retorno a la Argentina se inscribe en esa misma lógica: identificar activos subvaluados, aplicar disciplina operativa y construir escala.
Para los inversores, el movimiento tiene una lectura concreta. El ejecutivo que ayudó a validar Vaca Muerta vuelve al país para apostar por un segmento que la industria había relegado.
Su presencia reabre la discusión sobre el potencial del convencional bajo nuevos esquemas de gestión y confirma que, incluso en un mercado dominado por el shale, todavía hay espacio para proyectos que combinen eficiencia, foco y conocimiento del territorio.
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