Desde hace décadas, la agricultura —principal motor económico de la provincia de Mendoza— atraviesa un proceso sostenido de decadencia. La concentración productiva, impulsada por tendencias globales, la pérdida de competitividad, el ahogo impositivo y la ausencia de políticas productivas de largo plazo, fue desplazando a miles de pequeños agricultores o empujándolos hacia actividades urbanas.
Como consecuencia directa de este proceso, se abandonaron miles de hectáreas productivas a lo largo y ancho de todos los oasis provinciales. El impacto no solo se mide en términos económicos, sino también territoriales y sociales.
Un ejemplo contundente de este retroceso se observa en el departamento de General Alvear. En la década del 80 existían allí 128 bodegas y alrededor de 13.500 hectáreas de viñedos. Hoy, esa realidad se redujo drásticamente a solo 14 bodegas y menos de 4.000 hectáreas cultivadas.
El impacto social: migración y pérdida de capital humano
Esta crisis productiva no solo afecta al paisaje rural, sino también al recurso más valioso de la provincia: su gente. La falta de oportunidades laborales sostenidas y bien remuneradas generó una migración constante, principalmente hacia localidades vinculadas a la producción de hidrocarburos como Catriel o Rincón de los Sauces.
Allí, muchos mendocinos encontraron empleos de mayor calidad y mejores ingresos, profundizando el vaciamiento de zonas históricamente productivas. Este fenómeno deja en evidencia la urgencia de diversificar la matriz económica provincial para evitar que Mendoza continúe perdiendo población activa y calificada.
La minería como oportunidad: diversificación, empleo y desarrollo
La minería no es la única solución, pero sí representa una oportunidad real y concreta para diversificar la matriz productiva, algo tan necesario para los mendocinos. Su desarrollo permitiría generar empleo directo e indirecto, impulsar cadenas de proveedores locales y aumentar la recaudación del Estado a través de regalías, recursos que deberían traducirse en mejores servicios públicos e infraestructura de calidad.
El camino no es sencillo. Si bien la riqueza se encuentra en el subsuelo, resulta indispensable brindar información clara y veraz a la población para generar confianza en la actividad. Esa confianza debe sustentarse en controles estrictos, especialmente en lo referido al cuidado del ambiente y, fundamentalmente, del agua. En ese sentido, la creación de la autoridad de control minera el año pasado representa un paso positivo.
El rol de la política
A esto debe sumarse una política educativa alineada con el desarrollo productivo, que fomente carreras vinculadas a la actividad minera y, por qué no, la incorporación de orientaciones en recursos naturales en las escuelas técnicas de nivel secundario. Confianza, control y educación aparecen así como los pilares indispensables para pensar el futuro.
Ver a la minería como una oportunidad y no como una amenaza implica entender que la puesta en marcha de proyectos responsables puede traducirse en empleo genuino, recaudación sostenible y un entramado económico dinámico de empresas, profesionales y técnicos al servicio del desarrollo provincial.
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