Por Redacción Runrún Energético
Lo que comenzó como un ambicioso plan de rehabilitación tras 17 años de parálisis, se ha transformado en el presente en la llave maestra para el crudo de Vaca Muerta hacia los mercados asiáticos. El Oleoducto Trasandino (OTASA), operado por el consorcio integrado por YPF, Chevron y la chilena ENAP, atraviesa hoy un presente de consolidación operativa, alcanzando envíos sostenidos que ya promedian los 110.000 barriles diarios.
Tras la exitosa puesta en marcha del oleoducto alimentador Vaca Muerta Norte, la infraestructura trasandina se posiciona como la vía de evacuación más eficiente para los yacimientos del norte neuquino.
El foco de este primer trimestre de 2026 está puesto en la ampliación de la potencia de bombeo. Con una inversión estratégica en la estación cabecera de Puesto Hernández, las operadoras buscan llevar la capacidad del sistema a su techo técnico de 115.000 barriles por día.
Este incremento es vital para satisfacer la demanda de la refinería Bío Bío en Chile y, fundamentalmente, para potenciar los cargamentos que desde el puerto de Talcahuano tienen como destino final las refinerías de la Costa Oeste de Estados Unidos y los gigantes energéticos de Asia, evitando los costos logísticos del paso por el Atlántico.

Soberanía logística y competitividad
La operatividad de OTASA ha cambiado la ecuación económica del shale oil. Al permitir una salida directa por el Pacífico, el crudo argentino mejora su netback (precio neto en boca de pozo), reduciendo los tiempos de navegación hacia los mercados de mayor demanda global. Además, la estabilidad del flujo hacia Chile ha fortalecido la integración energética regional, permitiendo que ENAP cubra una parte sustancial de su dieta de crudo con petróleo proveniente de la cuenca neuquina, garantizando previsibilidad a ambos lados de la cordillera.
Visión de Runrún Energético
Desde Runrún observamos que la plena vigencia de OTASA es la prueba de que Vaca Muerta ya juega en las grandes ligas del comercio global. Haber recuperado una infraestructura que estuvo muerta por casi dos décadas no fue solo un desafío de ingeniería, sino un triunfo de la diplomacia energética y la visión de largo plazo. Hoy, con el ducto operando al límite de su capacidad, el desafío pasa por la expansión sistémica. La “ruta del Pacífico” ya no es una alternativa de emergencia, sino un activo estratégico que le da a Argentina una flexibilidad exportadora que antes no tenía.
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