El nuevo informe de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) sostiene que la combinación de energía solar, eólica y almacenamiento en baterías ya permite suministrar electricidad de manera continua y competitiva frente a los combustibles fósiles. En un contexto marcado por la peor crisis energética de las últimas décadas y la falta de financiamiento para los países más pobres,  el organismo afirma que la volatilidad geopolítica expuso “el verdadero coste de la dependencia de los combustibles fósiles” y asegura que “la energía renovable disponible las 24 horas del día, los 7 días de la semana, ahora es competitiva en precio con los combustibles fósiles”.

El nuevo informe de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) sostiene que la combinación de energía solar, eólica y almacenamiento en baterías ya permite suministrar electricidad de manera continua y competitiva frente a los combustibles fósiles.

Según el Informe, en regiones con recursos excepcionales de viento y radiación solar, los costos de estos sistemas híbridos oscilarían entre US$ 54 y 82 por MWh, ubicándose por debajo de nuevas centrales a carbón o gas. Sobre esa base, IRENA concluye que “la energía renovable disponible las 24 horas del día, los 7 días de la semana, ahora es competitiva en precio con los combustibles fósiles”.

Es indudable que la crisis energética derivada de la guerra entre Rusia y Ucrania, sumada a las tensiones crecientes entre Irán, Israel y Estados Unidos, volvió a colocar en el centro del debate la cuestión de la seguridad energética, la volatilidad de los hidrocarburos y la dependencia geopolítica. Sin embargo, el informe de IRENA, detrás de un lenguaje técnico y optimista, exhibe una serie de omisiones metodológicas, extrapolaciones problemáticas y afirmaciones cuya contundencia retórica supera largamente la solidez de sus premisas.

Inconsistente como el viento

La primera inconsistencia aparece en el núcleo mismo de la tesis: la afirmación de que las renovables ya pueden garantizar suministro “24/7” a menor costo que los combustibles fósiles. El informe compara sistemas solares y eólicos con almacenamiento frente a nuevas centrales térmicas utilizando el Levelized Cost of Energy (LCOE) —el costo nivelado de generación—, pero evita aclarar si incorpora plenamente los costos asociados a la estabilidad real del sistema eléctrico.

En el informe, no queda claro  si esos cálculos contemplan respaldo estacional, capacidad firme efectiva, reserva rotante, servicios auxiliares, estabilidad de frecuencia, expansión de redes, sobreinstalación de potencia o pérdidas por curtailment. En rigor, el informe parece confundir “firmeza económica” con equivalencia física integral respecto de una central despachable convencional. Habla de energía continua, pero no demuestra continuidad operacional plena.

La ambigüedad se profundiza cuando el texto presenta el costo de generación como si equivaliera automáticamente al costo del sistema. IRENA sostiene que las renovables ya son “más baratas”, aunque simultáneamente reconoce la necesidad de baterías, almacenamiento, redes, infraestructura adicional y complementariedad geográfica. Precisamente allí reside el problema: el costo real no depende únicamente del parque eólico o solar, sino de todo el entramado técnico necesario para volverlo confiable. Sin embargo, el informe transforma una conclusión condicionada en una consigna absoluta: las renovables serían ya más competitivas que los combustibles fósiles incluso como suministro permanente. El salto entre ambas afirmaciones es más político que técnico.

A ello se suma otra debilidad central: el informe universaliza conclusiones obtenidas bajo condiciones excepcionales. Reitera expresiones como “regiones con recursos de alta calidad”, “alta irradiancia solar” o “corredores de viento fuerte”, es decir, escenarios óptimos que existen en una minoría de países. Pero luego extrapola esas condiciones particulares al sistema energético global y declara superado el viejo argumento de la falta de confiabilidad renovable. El problema es evidente: no todos los países poseen recursos equivalentes, ni redes con igual capacidad de absorción, ni perfiles climáticos compatibles con una complementariedad efectiva entre sol y viento. Lo que puede funcionar en el Golfo Pérsico, Australia o ciertas regiones de China no necesariamente resulta replicable en sistemas eléctricos más rígidos, aislados o climáticamente adversos.

Verde que te quiero verde

Ex cursus: en algunos informes de IRENA se denomina de manera sesgada como “energías renovables” exclusivamente a la generación eólica y solar, ya que muchos de sus principales promotores —ONG ambientalistas, especialistas, periodistas especializados, consultores, importadores y diversos grupos de presión vinculados al sector— tienden a relegar o minimizar el papel de la energía hidroeléctrica, pese a que esta constituye también una fuente claramente renovable.

En numerosos informes y estadísticas, la inclusión de la generación hidroeléctrica aparece condicionada por criterios más discursivos que técnicos. Así, suele omitirse cuando el objetivo es destacar el crecimiento relativo de la energía eólica y solar, pero se reincorpora cuando resulta útil para ampliar la participación total atribuida a las “renovables”, especialmente al analizar matrices eléctricas de países con una elevada participación hidroeléctrica.

Confiabilidad

El informe también incurre en una omisión decisiva al hablar de confiabilidad sin abordar seriamente los límites físicos del almacenamiento. Las baterías son eficaces para desplazamientos horarios, arbitraje diario y regulación rápida, pero el documento prácticamente elude problemas como el almacenamiento multisemanal, la estacionalidad o los períodos prolongados sin viento ni sol —la denominada dunkelflaute— que afectan especialmente a los sistemas de alta penetración renovable.

La afirmación de que las energías renovables ya pueden garantizar suministro continuo puede ser válida para determinados porcentajes del mix o bajo condiciones muy específicas, pero difícilmente pueda sostenerse, hoy, como descripción universal de un sistema eléctrico completo sin respaldo adicional.

Existe además un problema económico que el informe apenas roza: cuanto mayor es la penetración renovable, mayores son también las exigencias sistémicas. Aumenta la necesidad de sobredimensionar capacidad instalada, se multiplican los episodios de curtailment, cae el valor marginal de la energía renovable y aparecen horas de precios negativos. En otras palabras, mientras los costos tecnológicos unitarios pueden descender, los costos sistémicos tienden a crecer. Es uno de los grandes debates contemporáneos de la economía eléctrica y, sin embargo, el documento lo trata apenas de manera tangencial.

La noción de “seguridad energética” utilizada por IRENA también merece un examen más cuidadoso. El informe sostiene que las renovables fortalecen la resiliencia y la independencia estratégica, pero omite mencionar la creciente dependencia de minerales críticos, del refinado chino y de cadenas industriales altamente concentradas en Asia. Litio, cobre, níquel y tierras raras constituyen hoy insumos geopolíticamente sensibles. El resultado no es necesariamente la eliminación de dependencias, sino su transformación: se reemplaza una dependencia hidrocarburífera por otra basada en materiales estratégicos y manufactura industrial.

El sesgo político del informe aparece, además, de manera explícita. Las conclusiones técnicas se mezclan constantemente con exhortaciones normativas y declaraciones institucionales. Expresiones como “aceleremos la transición” no pertenecen al terreno del análisis económico neutral sino al advocacy político. Ello no invalida automáticamente los datos presentados, pero sí revela que el documento funciona también como pieza de legitimación discursiva de una agenda energética determinada.

Sinécdoque

La utilización del complejo Al Dhafra Solar PV (Emiratos Árabes Unidos) constituye un ejemplo de razonamiento por sinécdoque: inferir que el éxito operativo de un caso particular implica la viabilidad universal del modelo. Un avieso error conceptual.

El informe dice “1 gigavatio de electricidad limpia a unos US$ 70 por MWh”, mezclando de manera poco rigurosa unidades de potencia con unidades de energía. Además, se trata de un caso excepcional: irradiación extraordinaria, financiamiento extremadamente barato, gran escala y condiciones regulatorias difíciles de replicar en la mayoría de los países.

Pero quizá el punto más delicado del informe sea el relativo a la estabilidad eléctrica. La frecuencia de una red depende del equilibrio instantáneo entre generación y demanda. Las centrales térmicas, hidroeléctricas y nucleares aportan inercia natural gracias a enormes masas rotativas sincronizadas que amortiguan perturbaciones de frecuencia. La energía solar fotovoltaica y gran parte de la eólica moderna funcionan mediante electrónica de potencia e inversores, aportando mucha menos inercia física al sistema. El problema no es que “generen frecuencia incorrecta”, como suele simplificarse en el debate público, sino que no estabilizan naturalmente la red.

Por eso, los sistemas con alta penetración renovable requieren mecanismos adicionales como reserva rotante, baterías, condensadores síncronos, centrales convencionales de respaldo e inversores avanzados “grid-forming”.

Los factores mencionados, incrementa complejidad y costos. Casos recientes como España o Australia muestran precisamente que el desafío no consiste en que la energía solar o eólica “no funcionen”, sino en que un sistema dominado por generación basada en inversores exige controles mucho más sofisticados para mantener estabilidad dinámica.

El informe proyecta fuertes reducciones de costos hacia 2030 y 2035 suponiendo una continuidad casi lineal de las curvas de aprendizaje tecnológico. Pero apenas considera posibles restricciones derivadas del encarecimiento de minerales, la saturación logística, los límites físicos del almacenamiento o las elevadas tasas de interés que afectan particularmente a los países periféricos. El foco central del organismo sigue siendo la expansión de renovables, no la pobreza energética ni la asequibilidad energética como problema social integral. En otras palabras, presupone que las condiciones económicas y financieras globales acompañarán indefinidamente el descenso de costos.

Caro

En el fondo, el verdadero debate no gira ya en torno a si las energías renovables funcionan. Funcionan. El problema es otro: cuánto cuesta volverlas plenamente confiables a escala masiva y qué combinación óptima debe existir entre renovables, almacenamiento, hidráulica, nuclear, gas natural y gestión de demanda. Allí reside la discusión estratégica real. Y es precisamente ese núcleo del problema el que el informe de IRENA, detrás de su narrativa triunfalista, evita abordar en toda su complejidad.

El informe pasa de una condición específica a una afirmación global, lo que resulta inconsistente, porque reconoce implícitamente costos sistémicos, pero luego comunica el resultado como si fueran costos puramente tecnológicos: es decir incurre en propaganda.

¿Quién promueve a IRENA?

IRENA formalmente es una organización internacional creada en 2009 para promover la transición energética y expandir el uso de energías renovables. Tiene más de 160 Estados miembros y funciona de manera similar a otros organismos multilaterales especializados. No es un lobby privado en sentido estricto. No obstante, puede afirmarse que existe una convergencia de intereses entre International Renewable Energy Agency (IRENA) y los países que lideran la fabricación y exportación de tecnologías renovables —especialmente eólica, solar, redes eléctricas y almacenamiento— como China, Dinamarca, Alemania y, en menor medida, España.

Desde una mirada geopolítica y económica, pueden observarse varios elementos que llevan a algunos analistas a describirla como una herramienta de promoción estratégica de intereses industriales y tecnológicos, ya que los países que más impulsaron históricamente a IRENA coinciden con aquellos que tienen menor disponibilidad relativa de hidrocarburos al tiempo que desarrollaron fuertes industrias de equipamiento renovable.

Por tanto, buscan reducir dependencia energética externa y necesitan expandir mercados para sus exportaciones tecnológicas. Las recomendaciones de IRENA suelen favorecer la electrificación masiva, la expansión eólica y solar, los subsidios y financiamiento para combatir el “cambio climático” al tiempo que promueven las descarbonización acelerada.

Todo eso beneficia directamente a fabricantes de turbinas eólicas, paneles solares, inversores, baterías, electrónica de potencia y redes inteligentes.

Los países escandinavos y europeos financian buena parte de la arquitectura internacional climática y energética. Un ejemplo claro es el de Dinamarca, que posee una industria eólica históricamente dominante. Por su parte, Alemania impulsó durante años la expansión renovable mediante la Energiewende. Por su parte China montada en la capacidad financiera y bajos costos, se convirtió en el principal fabricante mundial de paneles solares, baterías y aerogeneradores.

Por eso, algunos críticos sostienen que el discurso de “transición energética global” también funciona como mecanismo de expansión industrial

Eso no implica necesariamente una conspiración coordinada, sino más bien un alineamiento de intereses industriales donde coincide política exterior energética con financiamiento multilateral apalancado por la diplomacia climática y la construcción de consensos regulatorios internacionales. No obstante, las potencias siempre promueven aquellas tecnologías donde poseen ventajas industriales y estratégicas y las instituciones multilaterales frecuentemente reflejan correlaciones de poder económico y tecnológico.