Argentina enfrenta la nueva crisis energética global desde una posición completamente distinta a la de 2022. Mientras los precios internacionales vuelven a tensionarse por los conflictos en Medio Oriente y las restricciones en los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb, el país proyecta para 2026 un superávit comercial energético de USD 12.100 millones, impulsado por la expansión de Vaca Muerta y la reducción estructural de importaciones.
En 2022, la combinación de guerra en Europa, precios récord y dependencia del GNL generó un déficit de USD 4.386 millones, con importaciones que aumentaron más de USD 7.100 millones y subsidios que treparon a USD 12.000 millones. La vulnerabilidad era evidente: el país dependía del gas boliviano, del GNL spot y de combustibles líquidos para sostener la demanda interna.
Cuatro años después, el escenario es inverso. Las exportaciones de petróleo se triplicaron, pasando de 110.000 barriles diarios en 2022 a 309.000 barriles diarios en el último trimestre de 2025. Las ventas externas de gas crecieron 27%, mientras que las importaciones desde Bolivia se redujeron a 0,1 MMm³/d, consolidando la reversión del flujo en el norte.
Las compras de GNL cayeron 42% y las de combustibles líquidos, 65%, gracias a la mayor disponibilidad de crudo liviano y gas neuquino.
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La infraestructura explica el cambio. Los nuevos gasoductos, la ampliación de capacidad de transporte y la optimización de las refinerías permitieron sustituir importaciones y estabilizar la oferta interna. La mayor disponibilidad de gas para generación eléctrica redujo la exposición del sistema a los precios internacionales y mejoró la previsibilidad tarifaria.
Según Economía y Energía, incluso en un escenario de máximos globales, el impacto sería acotado: 5,1% para electricidad en hogares de ingresos altos y 3,6% mensual para gas por red.
El superávit energético proyectado para 2026 se convierte en un activo macroeconómico clave. Reduce la presión sobre reservas, mejora la balanza comercial y fortalece la posición externa del país en un contexto global incierto. La energía vuelve a ocupar un rol estratégico en la política económica y en la inserción internacional de la Argentina.
El desafío ahora es consolidar esta transformación. La arquitectura exportadora —VMOS, Oldelval, gasoductos y terminales marítimas— debe completarse para sostener el crecimiento de Vaca Muerta y convertir la resiliencia actual en una ventaja competitiva de largo plazo.
La experiencia reciente muestra que producción, infraestructura y reglas estables son los pilares para que la energía deje de ser un factor de vulnerabilidad y se convierta en motor de desarrollo.
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