
La actividad de la fundición es poco conocida fuera del ámbito industrial, pero fundamental para el desarrollo de sectores como el petróleo, el gas, la minería, la generación eléctrica, la industria naval, automotriz y ferroviaria, entre otras. La fundición es el punto de partida de la mayoría de los componentes metálicos que luego se transforman en válvulas, bombas, molinos, turbinas o maquinaria pesada. Pese a ello, esta industria hoy atraviesa su peor momento en años.
«En todo lo que ves hay fundición. Después viene el mecanizado, la ingeniería y el ensamblado, pero el cuerpo de ese producto nace en una fundición», explicó a Econojournal Martín Bernocco, gerente de la Cámara de Industriales Fundidores de la República Argentina (CIFRA).
Las fundiciones reciben chatarra clasificada, la funden en hornos que superan los 1.600 °C y obtienen piezas semielaboradas que luego otras industrias convierten en productos finales. El proceso parece simple pero detrás hay empleo capacitado y años de trayectoria e industria que destacan a la Argentina por sobre otros países de la región.
Así lo demuestra Alejo Bendersky, director de la empresa de soluciones metalúrgicas y fundiciones de acero Enerbom, consultado por Econojournal. “Si Vaca Muerta estuviera en Chile, Perú, Uruguay o en Bolivia, no se podría desarrollar con proveedores locales. Lo que vuelve significativa la formación no es solamente la piedra sino la cadena de valor que hay detrás y que ya está desarrollada en el país”, afirmó.
Un termómetro de la economía que comienza a fallar
La CIFRA utiliza un indicador propio para medir el grado de industrialización de un país: el llamado PBI fundidor, que calcula la cantidad de kilos fundidos por habitante.
«En 1980 Argentina producía alrededor de 12 kilos fundidos por habitante, prácticamente la media mundial. Hoy ese valor ronda apenas 1,5 kilos, a contracara de países desarrollados como EE.UU, Alemania, Japón, Francia o China», señala Bernocco. Para el directivo, esa evolución refleja el proceso de desindustrialización atravesado por el país durante las últimas décadas.
Actualmente existen unas 270 fundiciones en todo el país -frente a las cerca de 300 que existían pocos años atrás-, la mayoría pequeñas y medianas empresas. El sector genera alrededor de 5.000 puestos de trabajo directos y 40.000 indirectos, en caída desde los últimos años.
El último Boletín de Actividad Metalúrgica de ADIMRA identifica a la fundición comoel rubro con peor desempeño interanual (-8,9%), mientras que datos de la CIFRA revelan que las empresas operan con una capacidad ociosa superior al 50% y con elevada retracción del empleo (42,3% de las empresas con disminución de la nómina, según su último relevamiento de junio).
Bernocco asegura que históricamente la fundición fue uno de los primeros sectores en anticipar los ciclos económicos. «Cuando a la fundición le iba bien, seis meses después la economía despegaba; cuando le empezaba a ir mal, seis meses más tarde aparecían los titulares sobre la caída de la actividad», explica. Sin embargo, sostiene que esa lógica hoy parece haberse alterado. «Los récords de la actividad en petróleo, gas y minería conviven con los datos de caída de la actividad metalúrgica», advierte.
Una cadena que se debilita desde los cimientos
Para Bernocco, la importación aparece como una de las principales preocupaciones del sector, ya que sus propios clientes desaparecen como resultado de la compra de productos terminados.
Desde Enerbom sostienen que la caída de la actividad responde a una combinación de factores. Además del sobrestock generado en años anteriores, la salida de operadoras de áreas maduras y la menor circulación de dinero en la economía, la apertura comercial hacia los grandes proyectos energéticos y mineros generó una competencia que consideran desigual. “Nosotros no competimos contra empresas chinas o indias sino contra gobiernos que sí promueven una política industrial para poder exportar sus bienes y servicios”, explica.
A ese escenario se suma la elevada carga tributaria en los tres niveles de gobierno (municipal, provincial y nacional) y los costos logísticos, que -según sostiene- reducen la competitividad de los fabricantes locales frente a proveedores del exterior.
Para el empresario, el debate excede el reemplazo de una pieza por otra y remite al modelo de desarrollo industrial: “Cuando vos agregás valor a la materia prima desarrollás una cadena productiva, con gente, impuestos y desarrollo de comunidades. Si importas un bien terminado, este se compra y se vende. Esa cadena es muy corta”.
Además, para Bendersky, el debate sobre la importación de componentes no se limita a una cuestión de costos. En el caso de las válvulas industriales, la trazabilidad y los controles de calidad son determinantes porque se trata de elementos críticos para la seguridad de una instalación, informa.
«Una válvula representa menos del 0,1% del costo total de un proyecto, pero puede generar un accidente ambiental o laboral«, afirma. Según explica, cuando esos productos llegan importados resulta mucho más difícil verificar procesos, certificaciones y controles equivalentes a los que exige la fabricación local.
Además, señala un aspecto operativo que suele quedar fuera del análisis económico.
«Nadie puede desarrollar un proyecto como Vaca Muerta dependiendo de proveedores que están a 12 horas de diferencia horaria y más de 120 días de respuesta. Mañana vas a tener un problema y no lo vas a poder solucionar. Es como si las ambulancias de Capital Federal estuvieran en La Pampa», sostiene.
Aguantar a futuro
Pese al escenario actual, tanto la Cámara como la empresa mantienen expectativas sobre el potencial de Vaca Muerta y los futuros proyectos mineros, aunque el derrame aún no parecería haber llegado. «Hoy, si le pregunto a los socios de la Cámara si tienen órdenes de compra vinculadas con Vaca Muerta, la respuesta es que todavía no», sostiene Bernocco.
En Enerbom comparten esa mirada. Tras más de medio siglo en la actividad, la empresa debió reducir personal y aplicar suspensiones para sostenerse frente a la caída de la demanda. Aun así, Bendersky asegura que la expectativa de un mayor desarrollo industrial es lo que “les da fuerza para continuar pese a no notar un compromiso por parte de las operadoras en desarrollar la cadena de valor”.
Para el empresario, el desafío no pasa por otorgar ventajas a un sector en particular, sino por generar condiciones que permitan que el crecimiento de industrias como el petróleo, el gas o la minería también se traduzca en más actividad para quienes integran la cadena de valor desde su primer eslabón. «No pedimos condiciones que nos favorezcan. Lo que queremos es una mirada desarrollista que permita potenciar las ventajas que ya tiene la Argentina», concluye.
, Redaccion EconoJournal





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