La Mina de Chico Rei debe su nombre al rey africano del Congo capturado y esclavizado para trabajar en la mina.

El estadio olímpico Mineirão, sede del Mineirazo, donde Alemania derrotó 7-1 a Brasil en el mundial 2014; los restaurantes que anuncian comida minera; el propio gentilicio mineiro; un Museo de la Minería y un cuarzo de 500 kilos en una esquina de Praça da Liberdade: todo en Belo Horizonte, la capital del Estado de Minas Gerais en Brasil, revela su identidad minera.

“Vienen a ver nuestros diamantes, nuestra propia historia”, cuenta a Econojournal una empleada del Museo de las Minas y el Metal, uno de los edificios de la plaza central. Emplazado en un castillo que fue secretaría de Educación, cientos de turistas entran diariamente a conocer el origen de la riqueza de Brasil, sus suelos.

Es viernes al mediodía y la fila para entrar al Museo llega hasta mitad de cuadra. En los tres pisos que dura el recorrido, en el que se pueden ver una exhibición de piedras preciosas, instalaciones con elementos de la tabla periódica y placas informativas, se escuchan conversaciones: una piedra Ágata se parece mucho a la de la casa del abuelo de una nena, una mujer le explica a su marido las técnicas de pulido por las que pasó otra para conseguir un color azulado. Hay parejas que hablan sobre la colonia, sobre el origen de algún mineral. Las charlas son, en su mayoría, en portugués.

Minas Gerais – minas generales, en español- es el Estado que financió a la corona portuguesa desde el primer descubrimiento de oro en el siglo XVII y su nombre se debe a la diversidad de minerales que hay en su suelo. Hoy, esa vocación minera sigue moviendo cifras millonarias. En 2025, la minería facturó R$ 298.800 millones (US$ 52.574 millones) en Brasil, un 10,8% más que el año anterior, generó un superávit comercial de US$ 37.600 millones, equivalente a más de la mitad de todo el saldo comercial de Brasil y empleó a 229 mil personas, según el Instituto Brasilero de Minería (IBRAM). El municipio de Minas Gerais aportó un 39,9% de esa facturación, por encima de Pará (34,5%) y Bahía (4,5%).

Ouro preto, punto de convergencia de los buscadores de oro

Antes de que Belo Horizonte se convirtiera en capital de uno de los Estados más ricos de Brasil en 1897, ese lugar lo ocupaba Ouro Preto. A 100 km al noroeste de Belo Horizonte, fue el punto de convergencia de los buscadores de oro y el centro de la explotación de minas auríferas en Brasil.

De su momento de esplendor quedan muchos rastros. Los locales de venta de piedras preciosas alrededor de la plaza principal, la Escuela de Minas–  la primera de Brasil, que hoy persiste por su relevancia-, la iglesia San Francisco de Asís, enchapada en oro y construida por la cofradía de dueños de minas y comerciantes más ricos; y la de Santa Efigênia para los esclavos y negros, construida por Chico Rei, rey africano del Congo capturado y esclavizado para trabajar a una mina, que compró su libertad escondiendo oro entre su cabello y, dice la leyenda, terminó adquiriendo la propia mina donde trabajaba.

Esa mina de oro, que hoy se denomina Mina de Chico Rei, es una de las doce que la oficina de información turística ofrece como atractivo de la ciudad. A diferencia de otros lugares turísticos de este estilo – y de los yacimientos activos que hay en Argentina, aislados y en altura-, a muchas de ellas se puede llegar caminando en apenas dos minutos desde el centro de la ciudad.

Entre las doce, EconoJournal eligió visitar la Mina de Oro da Passagem. “La mayor mina de oro abierta a visitas del mundo”, cuenta Tamara, que trabaja desde hace doce años como guía. El recorrido comienza en un trolley que simula la entrada de los mineros a su lugar de trabajo, hasta un lago subterráneo de aguas cristalinas a 120 metros de profundidad.

El trolley de la Mina de Oro da Passagem simula la entrada de los mineros a su lugar de trabajo.

Da Passagem fue descubierta en 1719 por bandeirantes- expedicionarios portugueses y paulistas que se adentraban en el interior de Brasil en busca de oro, piedras preciosas e indígenas para esclavizar– mientras rastrillaban el cauce del río con batea.

En las paredes de la parte abierta al público aún quedan los rastros de los diferentes tipos de minerales. El más llamativo es la pirita u oro de los tontos, que aún engaña a los menos experimentados por su brillo. Como en todas las minas, no puede faltar el pequeño altar dedicado a Santa Bárbara, la patrona de los mineros, ofrendada con lo que los turistas tienen a mano: manteca de cacao, cremas hidratantes, papelitos para sonarse la nariz, alcohol en gel, 2 reales, una carta de Pókemon.

Entrada a la Mina de Oro da Passagem donde en la actualidad funciona un museo.

La mina se industrializó casi un siglo después, en 1819, cuando el barón inglés Von Eschwege fundó la primera empresa minera de Brasil con maquinaria, explosivos y bombas para controlar el agua de las napas. Hasta ese momento, eran los esclavos con pico y pala los que trabajaban la mina. De Da Passagem se extrajeron 35 toneladas de oro hasta que, en los años 70, la familia Rodrigues, la compró para convertirla en un museo subterráneo.

Igual que la productividad de sus minas, la época dorada de la ciudad de Ouro Preto menguó a principios del siglo XIX. Hoy se reconvirtió, mayormente, al turismo: “Acá trabajamos en turismo o en minería”, agrega Tamara en un portugués críptico, característico de esa zona que no recibe muchos turistas argentinos.

De Da Passagem se extrajeron 35 toneladas de oro hasta que, en los años 70, la familia Rodrigues, la compró para convertirla en un museo subterráneo.

A diferencia de los tiempos de la colonia, cuando el oro dominaba, el motor de la minería en Brasil es el hierro: en 2025 explicó el 52,6% de la facturación del sector y el 63,3% de las exportaciones, según el IBRAM.

El metal que dio nombre a Ouro Preto tiene, sin embargo, su revancha. En el primer trimestre de 2026 el oro alcanzó precios superiores a los US$ 4 la onza, un 70% más que el año anterior, y sus exportaciones treparon 89,3% en dólares. La facturación creció 45% respecto al mismo período de 2025 y ya representa el 17% de todo lo que factura el sector minero brasileño, ocupando el segundo lugar, después del hierro.

El cobre es el tercer mineral más importante de la minería brasileña, con precios un 37,5% más altos en el trimestre, su facturación creció 28% y ya pesa el 13% del sector.

El hierro brasileño se exporta, sobre todo, a China: 67,5% de las toneladas exportadas. El cobre se reparte entre China y Alemania (19,9% cada uno), seguidos por Bulgaria, Polonia y Suecia. Canadá recibe el 46,5% de las exportaciones de oro, Suiza el 26,6% y el Reino Unido el 10,8.

En busca de las tierras raras

Brasil proyecta inversiones de US$ 77.000 millones en el sector entre 2026 y 2030, el mayor ciclo inversor de su historia. Minas Gerais lidera ese mapa con US$ 19.675 millones —el 24,1% del total nacional—, seguido por Pará y Bahía.

El mineral de hierro sigue traccionando el sector, con el 28,7% de las inversiones previstas. Pero las inversiones ya no apuntan a ese mineral, sino a los que hace tres siglos nadie buscaba en estas montañas: las tierras raras, cuyas inversiones aumentarán 49% en los próximos cuatro años.

Las tierras raras son un grupo de 17 elementos químicos —entre ellos el neodimio, praseodimio, el disprosio y el terbio— indispensables para fabricar los imanes permanentes que mueven autos eléctricos, materiales en equipamiento de defensa, turbinas eólicas, electrónica de consumo, robótica e inteligencia artificial. China controla hoy más del 90% de su procesamiento mundial, y eso las volvió una pieza central de la geopolítica.

Brasil tiene las segundas mayores reservas del planeta. La mina de Pela Ema en Serra Verde, estado de Goiás, es el único yacimiento fuera de Asia que produce a gran escala los cuatro elementos magnéticos más codiciados.

En abril de 2026, la estadounidense USA Rare Earth anunció su compra por US$ 2.800 millones, en una operación que todavía revisa el regulador antimonopolio brasileño. Es parte de una estrategia más amplia de Washington para reducir su dependencia de China: solo en los estados de Goiás y Piauí, Estados Unidos ya invirtió unos US$ 600 millones en proyectos de tierras raras.

En abril de 2026, la estadounidense USA Rare Earth anunció la compra de la mina Pela Ema por US$ 2.800 millones.

En Minas Gerais, la cuna del oro colonial, también hay un proyecto en marcha: Caldeira, de la canadiense Meteoric Resources, que reportó algunas de las leyes más altas del mundo en este tipo de minerales.

El gobierno de Lula, sin embargo, puso la condición de que el procesamiento se quede en el país, no solo la extracción. Es la lección que dejó el mineral de hierro, que Brasil exporta en bruto a China desde hace dos décadas para después importar, más caro, los productos manufacturados con ese mismo material.

, Natalí Risso