El ministro de Hidrocarburos de Bolivia, Franklin Molina Ortiz Paz, reconoció que la nacionalización del sector no logró sostener la producción ni reponer reservas al ritmo necesario. La caída del gas se profundizó en los últimos años, la inversión privada no acompañó el modelo vigente y el país enfrenta dificultades para abastecer su mercado interno y cumplir compromisos externos.

El gobierno admite que deberá revisar el marco regulatorio para evitar un deterioro mayor.

El giro ocurre en un momento clave para la región. Bolivia fue, desde fines de los 90, el principal proveedor de gas del Cono Sur, pero el declino productivo redujo envíos a Brasil y Argentina. En paralelo, los países vecinos avanzaron con marcos más competitivos y atrajeron inversiones en exploración, producción e infraestructura.

La transición energética y la necesidad de seguridad de suministro aceleran estos cambios y reordenan el mapa energético sudamericano.

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El impacto es directo. La menor disponibilidad de gas boliviano explica la inestabilidad del suministro al NOA y refuerza la urgencia de completar la reversión del Gasoducto Norte. Para las empresas, el reconocimiento oficial de las limitaciones del modelo anticipa posibles ajustes regulatorios que podrían abrir oportunidades en exploración y recuperación de campos maduros.

Para las provincias del norte argentino, la situación acelera la necesidad de integrarse a la red de Vaca Muerta y fortalecer infraestructura de transporte y almacenamiento.

Los escenarios plantean caminos distintos. En uno base, Bolivia avanza con ajustes graduales para recuperar producción y estabilizar su mercado interno. En uno optimista, una reforma más profunda atrae capital privado y permite recomponer reservas, mejorando la seguridad energética regional.

En uno restrictivo, la falta de inversión prolonga el declive y obliga a una mayor dependencia de importaciones, con impacto fiscal y operativo.

La evolución del sector boliviano obliga a la región a revisar prioridades. La integración de infraestructura, la diversificación de fuentes y la expansión de redes de transporte pueden fortalecer la seguridad energética del Cono Sur.

Un enfoque coordinado, con reglas previsibles y proyectos de largo plazo, permitiría sostener la oferta regional y acompañar la transición hacia matrices más competitivas.

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