La crisis del estrecho de Ormuz disparó los precios del petróleo y encendió las alarmas sobre la dependencia fósil. China, líder indiscutido en paneles solares, baterías y vehículos eléctricos, parecía tener todas las cartas para capitalizar el momento. Sin embargo, Pekín optó por recortar importaciones de crudo y moderar la subida, en lugar de forzar una demanda masiva de sus tecnologías limpias. La explicación, lejos de especulaciones geopolíticas, es una cuestión de peso: las exportaciones verdes apenas suponen el 6% de su gigantesca factura exterior (US$ 3,77 billones), y un petróleo caro resta poder adquisitivo a sus compradores de manufacturas. El resultado es una transición energética que avanza, pero al ritmo de los números, no de las urgencias: evolución, no revolución.

El cierre del estrecho de Ormuz produjo una suba abrupta del precio del petróleo y trajo a la realidad las pretensiones de transición energética de sectores ambientalistas particularmente europeos. Mientras algunos sectores interpretaron la crisis como una oportunidad para acelerar el abandono de los combustibles fósiles, el comportamiento de Trump y de China terminó desafiando buena parte de esas expectativas.

La interrupción del tránsito por uno de los principales corredores petroleros y gasíferos del mundo sigue presionando al alza el precio del crudo y del gas –y de algunos derivados como los fertilizantes- en un escenario que, paradójicamente, coincidía con uno de los objetivos históricos del presidente estadounidense Donald Trump: un petróleo más caro.

En un ejercicio de memoria contrafáctico, recordemos el embargo de 1973: sin cerrar Ormuz, cuadruplicó el crudo (US$3 a US$12), por lo que un bloqueo simultáneo de Ormuz y Bab el-Mandeb, en un mercado sin reservas, capacidad ociosa ni alternativas, habría infligido un shock muy superior. El barril podría haber escalado a US$40 o US$60 de la época —o más en picos de tensión—, equivalentes hoy a US$300-US$450. No es una proyección lineal, sino un escenario extremo: dada la rigidez de la demanda a corto plazo, la contracción de oferta desencadena alzas desproporcionadas.

Pero eso no sucede hoy, muchos observadores consideran que China, líder mundial en la producción de tecnologías limpias, podía aprovechar un contexto de crisis de precios para impulsar aún más las exportaciones de paneles solares, baterías y vehículos eléctricos. Pero, la respuesta de Pekín a la crisis fue otra.

En lugar de presionar sobre la demanda, redujo de manera significativa sus importaciones de combustibles fósiles en los meses posteriores al cierre del estrecho. Una decisión de política económica que sólo una economía planificada puede tomar. Esa decisión contribuyó a moderar la presión sobre los precios, que finalmente aumentaron mucho menos de lo que habían previsto los analistas occidentales.

La situación plantea un interrogante central: ¿por qué el principal productor mundial de tecnologías para la transición energética no buscó maximizar una coyuntura que podía favorecer la demanda de sus productos?

El investigador David Hart del Council of Foreing Relations, cuyo trabajo se centra en analizar las políticas destinadas a acelerar la innovación y la difusión de tecnologías y  energías limpias a escala global, considera que la explicación no pasa exclusivamente por factores políticos.

Entre las interpretaciones más difundidas aparecen la tradicional búsqueda de estabilidad por parte de China, el interés de proyectarse como un actor responsable dentro del escenario internacional, la posibilidad de generar un gesto de buena voluntad hacia la administración Trump con vistas a obtener beneficios futuros o, incluso, la paradójica hipótesis de que a Pekín no le resultaría inconveniente la continuidad del control republicano sobre el gobierno estadounidense.

No obstante, todas esas especulaciones deben analizarse a la luz de un dato económico determinante: la tecnología limpia representa solo una parte relativamente pequeña del enorme aparato exportador chino.

Durante 2025, China exportó paneles solares, vehículos eléctricos, baterías y turbinas eólicas por aproximadamente US$ 220.000 millones. Aunque se trata de una cifra impresionante, equivale apenas al 6% del total de sus exportaciones, que en ese período,  alcanzaron los US$ 3,77 billones.

La dimensión del comercio exterior chino ayuda a comprender su estrategia. El país es el principal socio comercial de más de 120 estados y vende al mundo una amplia variedad de productos industriales, desde electrónica y textiles hasta metales y productos químicos. En ese contexto, cada dólar adicional que esos mercados deben destinar a la compra de petróleo o gas natural licuado (GNL), es un dólar menos disponible para adquirir manufacturas chinas, cuyo volumen de negocios supera ampliamente al de las denominadas “tres nuevas industrias” —paneles solares, baterías y vehículos eléctricos— promovidas por el presidente Xi Jinping.

Medidas en dólares, las importaciones energéticas de China representan una carga importante, pero siguen siendo muy inferiores a los ingresos que obtiene por sus exportaciones. En 2025, el país destinó aproximadamente US$ 415.000 millones a la compra de petróleo, gas natural, carbón y derivados, mientras que sus exportaciones totales alcanzaron los US$ 3,77 billones.

En otras palabras, la factura energética que paga Pekín se estima en un 11% del valor de las ventas externas, lo que significa que por cada dólar gastado en importar energía, China generó cerca de nueve dólares en ingresos por exportaciones. Esa relación ayuda a explicar por qué Pekín prioriza preservar la demanda global de sus manufacturas antes que beneficiarse de un alza prolongada en los precios del petróleo.

Cuidar la demanda

Existe otro factor de peso en la economía china: un petróleo más caro tiende a desacelerar la economía mundial y aumenta el riesgo de una crisis económica internacional, con efectos directos sobre la demanda de exportaciones chinas.

En ese sentido, el último informe del Fondo Monetario Internacional, elaborado bajo el supuesto de que el estrecho de Ormuz reabriría hacia mediados de julio, proyectó un crecimiento económico global de apenas 3% para 2026. El organismo advirtió además que, si el estrecho permaneciera cerrado en un escenario de hostilidades persistentes, esa expansión podría reducirse hasta el 2%, con un impacto particularmente severo sobre las economías de los países más pobres.

La necesidad de preservar el dinamismo exportador también responde a la situación interna de China. Su economía atraviesa una marcada desaceleración y aún no consigue reactivar con fuerza el consumo doméstico, por lo que las ventas al exterior continúan siendo el principal motor del crecimiento. Paralelamente, la reducción de los precios internacionales del petróleo y del GNL también le permite abaratar las importaciones energéticas que todavía necesita.

En el mediano y largo plazo, sin embargo, la crisis podría acelerar la adopción de tecnologías limpias en numerosos países. La combinación de electricidad generada mediante fuentes renovables, sistemas de almacenamiento con baterías y vehículos eléctricos ofrece una alternativa capaz de reducir la dependencia de las importaciones de petróleo, una vulnerabilidad que la crisis del estrecho de Ormuz volvió a poner de manifiesto.

Además, estas tecnologías continúan reduciendo sus costos a medida que mejoran sus prestaciones, lo que incrementa su competitividad. Si bien muchos países podrían mostrarse incómodos frente a una mayor dependencia de los proveedores chinos, una eventual interrupción en el suministro de tecnologías limpias tendría consecuencias inmediatas considerablemente menores que una interrupción del abastecimiento de combustibles fósiles sobre la que todavía descansan sus sistemas energéticos.

En ese marco, la posibilidad de que las políticas impulsadas por Donald Trump terminen acelerando, aunque sea de manera indirecta, la transición hacia energías limpias no resulta descartable. Sin embargo, el proceso difícilmente se produzca de manera abrupta. La transformación del sistema energético mundial, concluye el análisis, avanza como una evolución gradual más que como una revolución.

ABA