La política de compras de GNL se apoyó en una apuesta riesgosa: demorar decisiones para intentar obtener mejores precios. Enarsa licitó tarde, rechazó ofertas sin asegurar cobertura mínima y perdió tiempo en un mercado donde el tiempo es determinante. Cuando finalmente decidió comprar, las condiciones empeoraron: menos oferta, mayor dependencia y menor margen de negociación. La llegada anticipada del frío expuso ese descalce: faltó gas en el momento crítico, obligando a cortes y a compras de urgencia en el mercado spot, más caras y menos previsibles. En síntesis, no fue un error puntual sino una falla de gestión del riesgo: por intentar ahorrar al inicio, se terminó pagando más y con menor seguridad de abastecimiento.
Los problemas de abastecimiento de gas natural en la Argentina, no son un fenómeno inesperado ni excepcional, sino la reiteración de una dinámica estructural que, año tras año, se manifiesta con particular crudeza ante la llegada del invierno. Gas hay, Vaca Muerta bate récords de producción, mientras que los cortes prematuros en el suministro por redes han encendido alarmas tanto en el ámbito industrial como en la esfera gubernamental, poniendo en evidencia las limitaciones de un sistema que, aun siendo uno de los más extensos del mundo, exhibe una marcada fragilidad frente a los picos de demanda estacional.
Estacionalidad
El rasgo distintivo del sistema argentino es su extrema estacionalidad. Mientras que en un día típico de verano la demanda residencial ronda los 20 MMm3/d, en los días más fríos esa cifra puede escalar hasta los 100 MMm3/d. Esta variación abrupta no encuentra correspondencia en la capacidad de transporte, que permanece rígida frente a semejante exigencia. A ello se suma una carencia estructural aún más significativa: la inexistencia de almacenamiento a gran escala que permita amortiguar esas oscilaciones. Así, el sistema queda expuesto a una lógica de funcionamiento en tiempo real, donde cualquier desfasaje entre oferta y demanda se traduce de inmediato en restricciones.
Es en ese punto donde adquiere centralidad el gas natural licuado (GNL), que opera como un recurso de compensación para cubrir los picos de consumo que los gasoductos no pueden abastecer. Su función es clara: reforzar el suministro en los momentos críticos, particularmente cuando las temperaturas descienden por debajo de los 5º centígrados. Sin ese aporte, el sistema simplemente no alcanza a toda la demanda. Los cargamentos, regasificados en terminales como Escobar y Bahía Blanca, permiten inyectar gas en el anillo que abastece al área metropolitana de Buenos Aires, epicentro de la demanda invernal.
Demanda internacional
Este año el GNL está llegando tarde y en menor cantidad. La combinación de un frío anticipado, una demanda que respondió con la previsibilidad habitual y una oferta de GNL insuficiente configuró un escenario de tensión ya en abril. Si bien las proyecciones climáticas anticipaban un invierno exigente —y aunque podría concederse que el conflicto en el Servicio Meteorológico Nacional haya tenido alguna incidencia marginal en la anticipación fina de esos pronósticos—, nada de ello alcanza para explicar las deficiencias de la planificación. Máxime cuando el contexto internacional ya delineaba un panorama complejo. La persistencia de la guerra en Ucrania y las tensiones en el Golfo Pérsico incrementaron la demanda global de GNL, presionando los precios al alza y reduciendo la disponibilidad de cargamentos flexibles. En ese escenario, la previsión no era una opción, sino una condición necesaria para garantizar el abastecimiento.
No obstante, lo que predominó fue una secuencia de marchas y contramarchas en la política de compras. Enarsa impulsó licitaciones que, en algunos casos, fueron declaradas desiertas o directamente dejadas sin efecto. Posteriormente, se recurrió al mercado spot, en condiciones menos favorables y con menor margen de negociación.
Este comportamiento no constituye una anomalía menor: en el mercado del GNL, el tiempo es un recurso tan crítico como el precio, y su pérdida implica una degradación inmediata de la posición negociadora.
La falta de previsibilidad y de planeamiento
El invierno, por definición, es un evento completamente previsible, al igual que la dependencia del GNL para cubrir los picos de demanda. Sin embargo, las decisiones adoptadas —licitaciones tardías, cambios de estrategia, compras de último momento— reflejan una lógica errática que trasciende la coyuntura y se inscribe en un patrón recurrente. Sus consecuencias son concretas y conocidas: mayores costos, menor seguridad de abastecimiento y la necesidad de recurrir a cortes en sectores no prioritarios, como las estaciones de GNC y ciertas industrias.
La situación se torna aún más delicada si se considera el contexto reciente. Apenas una semana después de haber anunciado públicamente el fin de los cortes a las estaciones de GNC, volvieron a registrarse restricciones. Este dato no es menor, sobre todo en un escenario donde el GNC comienza a expandirse en el transporte público, lo que podría amplificar las implicancias políticas de futuras interrupciones.
En el plano de las decisiones de compra, también se advierten inconsistencias. En un primer momento, se buscó trasladar al sector privado la responsabilidad de adquirir cargamentos, pero ante ofertas consideradas inconvenientes, se optó por no adjudicar y retornar a un esquema de compras centralizadas. La intención de evitar precios elevados y optimizar el costo fiscal puede resultar atendible; sin embargo, cuando no se acompaña de una estrategia de cobertura adecuada, termina derivando en el efecto inverso: compras más caras en condiciones de urgencia y con un costo político superior.
Displicencia
Frente a este escenario, surge inevitablemente la pregunta sobre la naturaleza del problema: ¿se trata de corrupción o de ineptitud? La respuesta exige prudencia. La existencia de licitaciones anuladas o reabiertas no constituye, por sí sola, prueba de irregularidades. Para sostener una acusación de esa índole se requieren investigaciones formales y evidencia concreta. Lo que sí resulta evidente es la presencia de desorden en la política de compras, amateurismo en la planificación, cambios de criterio difíciles de justificar y un manejo del tiempo claramente deficiente.
Aun así, sería un error atribuir la totalidad del problema a la coyuntura reciente. Incluso bajo una gestión impecable, el sistema seguiría siendo vulnerable. Lo sucedido no responde únicamente a la llegada anticipada del frío, sino a una forma de gestionar que, al subestimar la necesidad de cobertura frente al riesgo, termina exponiendo al sistema a las urgencias del clima y a las restricciones de su propia arquitectura. Una vez más, la realidad confirma una lección recurrente en materia energética: aquello que no se planifica con anticipación, se paga —y caro— en el momento de mayor necesidad.





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