En declaraciones de Carlos Ormachea, presidente de Tecpetrol, quedó planteado algo más que una idea: el Grupo Techint volvió a evaluar la posibilidad de construir un gasoducto internacional para llevar gas de Vaca Muerta al sur de Brasil, en particular al mercado industrial de San Pablo.
La frase no aparece aislada. Se apoya en tres planos que se cruzan: la experiencia concreta de Fortín de Piedra, la lógica del mercado energético del Cono Sur y el cuello de botella estructural de la infraestructura de transporte.
Ormachea parte de un dato que ya no es hipótesis: Fortín de Piedra está produciendo más de lo que Tecpetrol imaginó al inicio del proyecto. Con una inversión de USD 2.300 millones en dos años y medio, el yacimiento alcanzó una producción física de 15,5 MMm³/d, que por su riqueza energética equivale a 17,5 MMm³/d de gas estándar.
Ese volumen consolidó a Fortín como el mayor campo gasífero del país y demostró que Vaca Muerta puede sostener una oferta robusta si se le da horizonte de demanda y reglas mínimamente previsibles.
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En ese contexto, la Resolución 46 aparece como pieza clave del arranque: el programa de estímulo al gas no convencional permitió fijar un precio de referencia alto y estable durante los primeros años, emulando lo que hubiera sido un mercado regional donde Chile, Uruguay y Brasil pagaban entre USD 8 y USD 10/MMBTU por el gas importado.
La Argentina fue la excepción: el Estado compraba a esos valores a través de Enarsa, pero vendía al mercado interno a USD 4, subsidiando la diferencia. Cuando el gobierno modificó la interpretación de la 46, Tecpetrol perdió fondos en el corto plazo, pero Ormachea deja claro que Fortín de Piedra no se detiene: el proyecto se sigue ejecutando y puede terminar siendo más grande que lo previsto originalmente.
El problema, entonces, ya no es la capacidad de producir, sino la capacidad de colocar ese gas. Ormachea lo dice sin rodeos: el principal desafío del gas de Vaca Muerta es la falta de mercado, y detrás de esa falta de mercado está la cuestión de los costos y la infraestructura.
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Si Argentina logra bajar costos hasta ser competitiva con el shale gas de Estados Unidos, el problema se reduce. Pero mientras tanto, el horizonte real está en la demanda energética del Cono Sur.
Chile ya fue abastecido en el pasado con hasta 20–22 MMm³/d de gas argentino. Brasil, en cambio, tiene un mercado industrial de otra escala, hoy abastecido parcialmente por Bolivia y por el gas caro del pre-sal.
Ahí entra la pieza que Techint decide volver a poner sobre la mesa: el gasoducto hacia el sur de Brasil. Ormachea describe el esquema con precisión técnica: habría que construir un nuevo gasoducto entre Uruguayana y Porto Alegre y luego revertir el sentido del ducto que hoy lleva gas desde San Pablo hacia el sur.
Ese trazado, conocido en los 2000 como el “gasoducto sub-brasileiro”, estuvo a punto de ejecutarse con participación de Techint, Total, Petrobras e Ipiranga. Que el grupo vuelva a mencionarlo ahora, con nombre y apellido, indica que la idea ya pasó por una etapa de preevaluación interna y que se busca reabrir la discusión en clave regional.
La lógica es directa: sin caños nuevos, el gas de Vaca Muerta no puede escalar su frontera exportadora. Con infraestructura adecuada, en cambio, el mercado adicional podría ubicarse entre 50 y 100 MMm³/d, sumando Chile y Brasil.
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Ese volumen cambiaría la escala del negocio: permitiría sostener un plateau de producción alto, estabilizar inversiones, generar divisas y reducir la dependencia de un mercado interno volátil y condicionado por la macroeconomía argentina. El gas argentino, en ese escenario, competiría contra el pre-sal —más caro y complejo— y contra un gas boliviano en declinación.
Ormachea aclara que no hay decisión tomada, que Techint “lo está analizando” y que el objetivo es entender cuál sería la solución para que el proyecto resulte consistente. Pero en energía, cuando un actor de esta magnitud dice públicamente que vuelve a mirar un gasoducto internacional, no está hablando de una ocurrencia.
Está enviando una señal: el recurso está, la experiencia de desarrollo está, el mercado potencial existe y el cuello de botella es la infraestructura. La declaración funciona como un disparador para que gobiernos, reguladores y bancos multilaterales incorporen el tema a su radar.
En esa clave, las palabras de Ormachea ordenan la discusión sobre el gas de Vaca Muerta en tres niveles: un yacimiento que ya demostró capacidad de producción, un programa de estímulo que permitió arrancar pero no alcanza para sostener la expansión, y una infraestructura regional que sigue siendo la pieza faltante.
Si Argentina quiere que el gas deje de ser un recurso encerrado en su propia frontera y se convierta en un vector de integración energética, la conversación sobre el gasoducto a Brasil no es un accesorio: es el corazón del problema. Techint ya empezó a ponerlo en palabras.
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